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“Abrigo”: cuento de Tere Dávila

De los dos tigres asiáticos de su piel, el dormido era mi favorito. Le besé el morro bigotudo y las orejas, le lamí las garras blancas, rocé con mis labios la maleza dibujada donde yacía. Bajé por las raíces que se tornaban enredadera sobre las nalgas de Alexandra. Aparté las carnes buscando la pequeña calavera azul casi escondida en la hendidura; la tracé con la punta de la lengua, y calqué los claveles sobre las redondeces. Bajé con besos por los tallos, les acaricié el verde torcido, tropecé con sus hojas, y salté desde una de ellas hasta la luna menguante en la cara interior del muslo derecho. Allí mecí mi boca entre luna y dos lunares hasta que me reclamó el colosal pez dorado de su corva. Le mojé con besos las escamas, lo bañé completo, pierna abajo hasta la cola. Mordisqué suavemente para no dejar marcas; era preciso no hacerlo. Dando besos de burbujas, llegué hasta los encajes punteados que le daban vuelta al tobillo, paseé los labios sobre ellos hasta bajar al pie nítido, sin tinta, helado. El calor de Alexandra ya había abandonado la habitación.

La viré boca arriba; me hubiese gustado quedarme más tiempo en su espalda, pero afuera esperaba el Señor Oomura. Había llegado al atardecer.

—Pase, pase —dije, y entró en silencio.

Lo dirigí a la sala; todavía no quería dejarlo solo con ella.

—¿Quiere té? —ofrecí, y accedió con un movimiento de la cabeza.

Era un individuo menudo. No lo había visto antes; sólo habíamos tratado por teléfono, y solo lo necesario para negociar lo nuestro, pero venía bien recomendado. Me pregunté cómo un hombre tan frágil podría con la tarea para que se le pagaría, y bastante. De todas formas, ya los arreglos estaban hechos, y me aseguraron que era el mejor.

Ahora esperaba afuera, sentado en la sala, sorbiendo té de jazmín.

*

Ale siempre se reía del unicornio. Lo encontraba cursi y decía que algún día lo taparía con otra imagen más sofisticada. Ya había pasado con otros dibujos: transformaba flores en mándalas o lanzas en pájaros. En una ocasión, un zumbador fue obliterado por un cangrejo. Después de todo, el lienzo no era infinito. Pero el unicornio había sobrevivido y cabalgaba la cadera derecha. Lo besé y le susurré “perdón”. Quería disculparme por lo que pronto ocurriría, pero no encontré las palabras y en vez dejé que su cuerno me dirigiera hacia la telaraña mágica sobre el pubis. Balanceé la lengua sobre los hilos negros y, de ahí, merodeé hasta el nombre “Salomé” encima del vientre, la única palabra en todo el cuerpo. Alexandra prefería las imágenes a las letras, pero para ese nombre hizo una excepción en tipografía gótica. Tanto le gustaba; era el que le hubiese dado a una hija.

No hablábamos del tema, pero en esa soledad compartida sin descendencia nos dedicamos a viajar. Al principio escogíamos un destino por su historia y sus monumentos, como cualquier pareja de turistas. Al llegar buscábamos los artistas más cotizados, hacíamos una cita y salíamos con alguna transformación en la piel. Pronto, sin embargo, dejamos de operar de esa manera casi al azar y empezamos a planificar los viajes alrededor de requerimientos específicos: dónde estaban los maestros, quién se especializaba en orejas o en cuellos o en tobillos. Fuimos llenando nuestras pieles de los trofeos de cada viaje, como quienes llenan curios de cucharitas de Alemania, Inglaterra y Marruecos. Buscábamos experiencias indelebles que brindaran trascendencia. Cargábamos en el cuero historias, compartidas e individuales, y a veces los dibujos de cada cual conversaban unos con otros, como el demonio de mi escápula con el infierno de su ombligo. Una vez hasta escogimos dibujos gemelos, dos escorpiones, pero usualmente cada cual iba a lo suyo, obedecía su creatividad íntima y hacía su propio cuento, que le narraba al otro cuerpo en la cama.

*

Me acordé del visitante en la sala. No debía dejarlo esperar más; me arriesgaba a que el tiempo no fuera suficiente para terminar el trabajo, o lo haría de prisa y mal.

—Señor Oomura —dije, asomándome a la sala.

—Señora —contestó, incorporándose y colocando la taza de té sobre la mesa de cristal.

—Puede pasar.

Su cuchilla hizo la incisión limpia una pulgada más abajo del ojo izquierdo. Me forcé a mirar y aprecié que, a pesar de la sangre, trabajaba amorosamente y con calma. Con el filo separó los músculos faciales de la epidermis, desprendió el cutis moteado por estrellas en cascada desde pómulo hasta cuello. Una mano guiaba la hoja de la cuchilla, la otra introducía dedos debajo de la piel, seduciéndola, protegiéndola mientras la invitaba a ceder. Sentí el hormigueo de un desvanecimiento y la náusea subir desde el estómago.

Salí. Me eché agua en la cara. Consideré quedarme afuera pero algo me urgía a regresar.

Entré de nuevo a la habitación, donde Oomura ya laboraba sobre el hombre izquierdo. Liberó al tigre despierto y bajó por el brazo, por los pájaros, las espadas y el pequeño buda sentado de la muñeca, hasta llegar a los dedos, donde separó las uñas con sumo cuidado. La piel del brazo izquierdo de Alexandra colgaba como seda multicolor y traslúcida. Prosiguió hacia el pecho cubierto de amapolas. Sus dedos detallaron los pétalos rosados y amarillos, como tantas veces hizo mi boca. El filo de la navaja los deshojó de la carne, sacándole sábila de sangre, hasta que creí que iban a salir volando. Llegó a la cabeza de la serpiente, la que yo apodaba Marlene, enroscada alrededor del seno izquierdo. Ahora, lo que tantas veces quiso hacer mi lengua, lo hacía la cuchilla: se le metía por debajo, navegaba subcutánea bajo curvas púrpuras y azules y verdes, indagaba los misterios de la enfermedad tapada por una cola de cascabel, soltaba a la culebra del dominio de los nódulos malsanos.

El primero se lo había encontrado ella misma dos años atrás. Entonces comenzaron las citas médicas, la inevitable terapia venenosa, los vómitos y la caída del cabello. Cuando nada funcionó, rehusó operarse, había cielos y planetas de por medio. Descartó la cuchilla quirúrgica que los estropearía y en vez acomodamos nuevos viajes en busca de sabios que garantizaban curas de hierbas, inyecciones y energías secretas. Por un tiempo pensamos que mejoraba, pero el dolor inevitable llegó. Cuando la medicina legal dejó de brindar el alivio necesario recurrimos a la marijuana, y cuando esta también dejó de funcionar, cambiamos a heroína.

Alexandra empezó a perder peso rápidamente y, en uno de sus momentos lúcidos, me lo pidió:

—No dejes que me pierda por completo.

Le temía en particular a terminar agujereada por gusanos bajo la tierra, y cerca del fin hablamos de qué hacer.

Yo me había asegurado de obtener suficiente droga —“hacer la compra” le llamamos—, de administrarla por última vez y de que surtiera efecto antes de dejar a Oomura entrar.

Chequeé el pulso. Ausente.

Respiración, ninguna.

Ahora el piso se empapaba de sangre. La cuchilla de Oomura desencadenaba al unicornio, al pez dorado y a sus compañeros cangrejos, a olas japonesas, a más flores, a calaveras con rosas, a una avispa y un corazón ensartado, a los encajes de los tobillos, todos prendados de la piel rescatada. Lo que quedaba sobre la cama era una masa de carne irreconocible. Me retiré a la sala y dejé que Oomura dispusiera de aquello solo.

Amanecía cuando lo vi salir con el bulto a cuestas. Ya se había limpiado en el baño de la habitación.

—La piel salió completa, sin rasgarse —me dijo—. Se la dejé tendida en la bañera.

Le pagué los diez mil dólares en efectivo y se despidió con una reverencia e instrucciones:

—Deberá lavarla con agua y jabón y ponerla a secar en un lugar ventilado.

FIN

Cuento premiado con el primer lugar del certamen de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez en 2011 y publicado en el libro de cuentos Lego y otros pájaros raros (2013). La autora forma parte de la Junta Editora de la Revista Trapecio. Véase Tere Dávila.
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1 comentario

  1. Melvin Rodríguez-Rodríguez dice:

    Detrás de todo lo extraño y macabro que este cuento pueda ser, lo que hay es una gran historia de amor y miedo al olvido. Muy poético también.

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