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“Ayin”: cuento de Damarys Reyes Vicente

Comenzó por los senos, los quería redondos, abultados, erguidos. Buscó al mejor cirujano plástico y se los dejó moldear. Le colocaron una mascarilla con anestesia, inhaló y se sumió en la inconsciencia, mientras le abrían los pezones y le colocaban mullidas bolsas gelatinosas. Suturaron las heridas y vendaron la restauración. Despertó. Esperó varios días de dolor. Le quitaron los vendajes, se miró al espejo. Sonrió. Vio que era bueno.

Renovó su lencería, de colores variados, bordados con encajes y canutillos, telas de seda y con transparencias. Compró camisas y trajes escotados, faldas y pantalones que marcaban su figura entera, pero notó que el abdomen se veía flácido, lleno de una grasa indeseable, capaz de borrarle la cintura que había cuidado por años. Regresó al doctor. El procedimiento duró poco, un pequeño tubo bailoteó bajo su piel, succionándola. Cosieron los huecos. Esperó varios días hasta que bajó la hinchazón. Se miró al espejo. Sonrió. Vio que era bueno.

Compró vestidos que le acentuaban la cintura, camisas cortas que mostraban su abdomen, el que ejercitó hasta marcarlo. Sin embargo, advirtió que sus caderas eran angostas, ahuecadas. Las quería anchas, simétricas a las curvas de su torso. Volvió al cirujano, que rellenó la pelvis con piel de sus glúteos y grasa de la que le habían quitado del abdomen. Permaneció varios días acostada, adolorida. Se levantó. Miró su cuerpo en el espejo. Sonrió. Vio que era bueno.

Compró pantalones a la cadera, cinturones anchos y sarones elegantes con los que adornaba los ajuares. Se percató entonces de que las nalgas habían perdido vigor. A pesar de los múltiples ejercicios que le causaban malestar, no lograba que se moldearan con redondez continua. Las quería más grandes, con una curvatura que comenzara desde la espalda baja. Regresó a la clínica para otro procedimiento. Permaneció varias semanas sin poder sentarse, mientras los implantes se ajustaban en sus nuevos glúteos. Pasó el dolor, se miró al espejo. Sonrió.

Disfrutó de sus curvas y se adornó el cuerpo con prendas clásicas y zapatos modernos de tacones altos. Se fijó que sus piernas eran cortas, que sus tobillos y pies eran flacos, huesudos, al igual que las manos. Se visualizó alta y sintió que necesitaba balancear las extremidades con la estatura que deseaba. Le construyeron huesos a la medida, le abrieron las piernas y los brazos y sustituyeron los antiguos. Añadieron piel sintética y rellenaron los pies y manos con grasa de sus muslos. Cerraron las heridas y las cubrieron con vendajes. Descansó hasta que se aplacó el dolor intenso, y los nuevos huesos, piel y grasa se adecuaron a su cuerpo espigado. Se miró al espejo. Sonrió.

Compró trajes y pantalones más largos, zapatos que descubrían sus pies y accesorios a tono con cada vestimenta: pulseras y collares llamativos, en piedras preciosas o bisutería. Se percató de que tenía poco cuello, que no podía lucir gargantillas. Habló con el doctor y prepararon el método, que no fue invasivo. Le pusieron collares ortopédicos que estiraron el hueso y la piel hasta alargar el cuello. El procedimiento duró varios meses. Su primer collar fue de chaquiras y mostacillas. Disfrutó verse al espejo. Vio que era bueno.

Sin embargo, observó que algunas líneas se acentuaban en la cara; le parecía que había perdido lozanía. El tabique de la nariz no lo veía equilibrado al tamaño de sus ojos, los que estaban arrugados, decaídos, con un tono grisáceo que los teñía levemente. Se dio cuenta, además, de que los labios eran muy finos, los quería carnosos, exuberantes, tan sobresalientes como visualizó los pómulos nuevos. Quiso, además, un mentón que definiera un rostro estilizado. Tomó varias horas esculpir la nariz y engrosar los labios; otras tantas, el resto de la cara. A través de la frente introdujeron una navaja pequeña con una cámara diminuta que permitía ver la piel aumentada a través de un monitor. Cortaron la epidermis y desgastaron el hueso donde ubicaron el implante de mejilla, similar lo hicieron en la mandíbula. Estiraron la piel hasta disipar las arrugas y lograr un cutis terso. Esperó unas semanas para ver su rostro en el espejo. Sonrió. Vio que era sensacional.

Con el físico endiosado, sintió que necesitaba una renovación interna. Un estómago más pequeño, corazón y pulmones más grandes, hígado, riñones y demás vísceras noveles. La intervención duró varios días. Le cortaron el estómago y le transplantaron un corazón artificial, los pulmones de un atleta y órganos de adolescentes. Tardó un tiempo en recuperarse. Mientras tanto, aprendió a meditar. Auscultó su interior. Sonrió. Vio que era bueno.

Decidió cambiar el estilo de vida a uno más natural, se alejó de la ciudad y comenzó a consumir alimentos orgánicos, con una dieta macrobiótica, y a ejercitarse con yoga. Pero no fue suficiente, necesitaba borrar todo vestigio de quien había sido, pensar distinto, ser más talentosa, inteligente, lúcida. Le crearon un cerebro especial, siguiendo los modelos de varios genios. Abrieron su cabeza y luego de extirparle cada parte, le colocaron la mente artificiosa. Tardó unas horas en despertar y sólo minutos en razonar con brillantez. Escribió un libro exitoso en unas horas, realizó investigaciones que transformaron el sistema de vida de las personas del mundo, creó inventos asombrosos y copó el libro de Récord Guinness. Miró sus fotos por doquier. Sonrió. Vio que era genial.

Pero algo faltaba. Se observó en el espejo con detenimiento para descubrir en cada parte de sí lo que necesitaba. Se quedó fija en la cara, tratando de encontrar en ella lo que le provocaba incomodidad. Contempló sus ojos violáceos y se adentró en la oscuridad del iris hasta desfigurarse en la imagen; lo descubrió. Regresó al cirujano. Le quitaron los senos, el abdomen, las nalgas, la cara, las extremidades, los órganos internos, la cabeza entera, su cuerpo todo. Tardó muy poco en reconocerse. Sonrió. Vio que era nada y en paz descansó.

FIN

Ayin: letra del alfabeto hebreo que significa ojo, apariencia, extensión y brillo, pero también la nada. (Nota de la autora.)

***

Cuento ganador del certamen de cuento del periódico El Nuevo Día en 2007. La autora forma parte de la Junta Editora de Revista Trapecio. Véase Damarys Reyes Vicente.
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1 comentario

  1. jaime muñoz dice:

    Excelente: fondo y técnica

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