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“Cuando vuelvas, Rogelio”: cuento de Awilda Cáez

La prensa se enteró antes que yo. Todavía no me había levantado cuando recibí la llamada de Patricia Pereira, una de las compañeras de trabajo de mi esposo Rogelio en el periódico El Informante. Me preguntó si podía confirmar la veracidad del rumor que ya circulaba por todas partes. Aquí en Tamaulipas los secuestros son comunes, así que tomamos todas las precauciones posibles para evitar pasar por esta desgracia. Sin embargo, algún detalle se nos escapó y ya no importaba cuál.

Apenas escuché el teléfono. Estuve despierta toda la noche y, en la  madrugada, tomé una de las pastillas para dormir de Rogelio. Usualmente me levanto a las siete, pero  ya eran las diez y todavía estaba en la cama.

—Maty, habla Patricia. ¿Te desperté?

Sabía que algo había ocurrido. Lo presentía.

—¿Qué pasó? —pregunté, tan segura de que llamaba para darme una mala noticia que  ya estaba sentada buscando las pantuflas.

—¿Dónde está tu esposo?

—Dime tú, Patricia… ¿en dónde  fue?

—Dicen que en la calle Menguante, la que está dos cuadras antes del periódico.  Lo vieron montarse en un auto negro.

Eso fue hace dos años. Mi esposo todavía no aparece. Hemos visto dos vídeos que enviaron al canal de televisión nacional: uno en enero, seis meses después del secuestro,  y otro, en octubre de ese mismo año. En ambos decía que estaba bien, aunque un poco cansado porque lo movían de lugar constantemente y tenía que atravesar la serranía caminando. Lo noté muy delgado y con una barba que apenas permitía verle la cara. Se le veía triste.

Antes de que lo secuestraran, Rogelio investigaba al cartel de Osiel Cárdenas Guillén. Tenía confidencias de que Los zetas, un ejército de desertores de cuerpos militares y policías del gobierno mexicano, se habían convertido en los sicarios del narcotraficante más poderoso de Tamaulipas. Sus fuentes incluían familiares de víctimas y esposas maltratadas, todos cansados del terrorismo del narcotráfico que ya había matado soldados, periodistas y policías honrados. Rogelio sabía el riesgo que enfrentaba, pero no le importó. Quería ser famoso. No tengo idea de en qué etapa se encontraba la investigación, ni sé los nombres de las personas con las que se comunicaba.  Hacía un mes que estábamos separados, aunque vivíamos bajo el mismo techo. Nadie lo sabía. Acordamos esperar a que terminara de escudriñar los papeles y testimonios que le ocupaban la mayor parte del poco tiempo disponible que tenía después de cubrir las noticias de política nacional en el periódico. No queríamos que el asunto de la separación lo distrajera.

El secuestro ha cambiado todo. Ahora somos figuras de adoración en una sociedad destrozada por un gobierno descontrolado. La ciudad es un campo de batalla donde no hay seguridad y la única paz es la de los niños dormidos. Por eso, los tamaulipecos me acompañan en la desgracia y cada día oran conmigo por la vida de Rogelio.

Los fotógrafos me retrataron con cara de espanto y tristeza durante los primeros meses del secuestro. He estado en todos los programas de televisión para pedirles a los secuestradores que devuelvan a Rogelio. Mi foto con el rosario en la mano y su  retrato ha aparecido en las portadas de revistas, periódicos y hasta en pancartas. Soy famosa. Todos me llaman la esposa de Rogelio Frías.  Llevo veinticuatro meses parada en el mismo sitio en que estaba cuando me levanté aquella mañana. No tengo vida propia. Todo lo que importa es Rogelio. Los periodistas me preguntan dónde creo que está y les digo que si supiera ya hubiese ido a buscarlo. He contestado tantas preguntas y desmentido tantos rumores que a veces me pregunto si ellos saben algo que yo no sé y están confirmando que él nunca me lo dijo.

Planeábamos divorciarnos. Rogelio sabía que Los zetas intentarían matarlo cuando se publicara la historia, así que pensaba  abandonar el país con su madre, la única pariente que tenía.  Yo regresaría a Querétaro con mis padres. Allí compraría una casa, trabajaría como maestra de historia  y viviría feliz por siempre con Joaquín.

Mis planes se fueron  al diablo con el secuestro. Ya no sé cuánto tiempo más aguante Joaquín. No podemos andar por las calles ni dejar que nos vean juntos, porque dañaría mi imagen de esposa solitaria y sufrida  que lucha por el regreso de su pareja. Los tamaulipecos no me perdonarían si se enteran que no estoy enamorada del hombre por el que tantas veces he llorado en público y por el que hemos hecho vigilias, misas, cadenas de oración, colectas y huelgas de hambre. Me las he arreglado para que Joaquín trabaje conmigo en la Fundación Rogelio Frías. Así podemos vernos unas cuantas veces por semana. Nos encerramos en la oficina a discutir planes de trabajo y a soñar con lo que haremos cuando por fin vuelva  Rogelio y nos podamos ir de la ciudad.

Nuestra preocupación es genuina. Los zetas han secuestrado veintitrés ciudadanos en los últimos dos años: doce empresarios, siete políticos y cuatro periodistas. Mi esposo es el único al que no han liberado. Tampoco han pedido recompensa. Los secuestradores se han comunicado varias veces a través de mensajes cortos enviados a la televisión nacional. Dicen que Rogelio está vivo, pero todavía no deciden qué hacer con él.

Hace una semana murió su madre. Los papeles de la autopsia indicaron que  tuvo un paro respiratorio agudo producto de una pulmonía neumocócica. Con ella se fueron mis últimas posibilidades de escape. Ahora, todos los esfuerzos de apoyo a la liberación de Rogelio recaen exclusivamente en mí.

La noticia fue publicada en los medios y pensé que él tiene que haber sentido un dolor inmenso si se enteró.  Por ser el único familiar aparte de su hijo, me tocó decidir qué hacer con el cadáver. Opté por la cremación porque fue el servicio fúnebre más económico que encontré. Guardé sus cenizas en un cofre verde de madera y lo puse sobre el escritorio que utilizaba Rogelio. Fui a la residencia de la difunta para limpiar y asegurar sus pertenencias. Estuve medio día acomodando vajillas, libros, fotos y recuerdos de mi esposo en cajas pequeñas. Las identifiqué con una tabla de contenido para que cuando él regrese no le sea difícil encontrar sus cosas. Tendí la cama para que la habitación no se viera desordenada y vacié la nevera para desconectarla antes de irme. Cuando iba a cerrar la puerta, recordé que el Instituto de Estudios Forenses me había pedido una identificación con foto de mi suegra como requisito para entregarme el certificado de defunción. Fui a la  habitación a buscar su cartera. Cuando la abrí, encontré un sobre con una foto de Rogelio, delgado y un poco desmejorado, pero sonriendo. Estaba abrazado a Patricia Pereira. Se veían felices. Adentro también había una nota escrita a mano de su puño y letra que terminaba «cuídate la gripe para que no te enfermes de pulmonía. Nos vemos pronto, Roge».

FIN

Este cuento forma parte del libro de cuentos Adiós, Mariana, y otras despedidas publicado en 2010. La autora forma parte de la Junta Editora de Revista Trapecio. Véase: Awilda Cáez.

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1 comentario

  1. Melvin Rodríguez-Rodríguez dice:

    Excelente cuento, muy bien construido. Poco a poco conocemos al personaje que narra con sus virtudes y debilidades, y la historia cambia lo que damos por sentado. Cada giro llega de manera tan sigilosa que apenas se perciben. El hecho de que la protagonista tenga crear una ficción mediática me pareció ingenioso y trágicamente cómico. Y el final le dio un buen cierre a una historia con mucha fluidez.

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