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“Delirio”: cuento de Luis Alejandro Polanco

Hoy comienzan las fiestas de las Panateneas, y es el momento propicio para inaugurar el templo de devoción que da albergue a Atenea, Poseidón y Erecteo. Dos colegas arquitectos reciben todos los laureles por la realización de la obra; mientras, mi nombre es susurrado entre los asistentes que comentan de mi participación en la estructura. Escucho cuando dicen: “¡Pobre Filocles!”. Me siento marginado y desilusionado de todo lo que me rodea; mi soledad está adornada con escombros de mármol amontonados discretamente por cualquier rincón.

Me aparto de la muchedumbre, bajo las escalinatas de la Acrópolis tan rápido como puedo, y me alejo del lugar consagrado a los dioses. El festejo me agobia. Prefiero comprar la compañía de una hetera por un par de monedas. Ella me escuchará sin hacer preguntas y se conformará con soportar todo mi coraje.

***

Le hablo del desplante que me hicieron y de cómo me carcome el orgullo al sentirme rechazado por aquellos que saben que el diseño del monumento a los dioses es obra mía. La conversación con la mujer está acompañada con el elixir de los dioses. Me doy cuenta que el tono de la conversación cambia a causa de los efectos del vino. La atmósfera se carga de emociones y a mi memoria afloran diversos sentimientos. Me pongo melancólico. Mis ardores se desvanecen cuando me encuentro atrapado entre las caricias compradas a la cortesana. ¡Prefiero estar en otro lugar y compartir mi desgracia con la noche!, pienso y ladeo la cara para rechazar sus besos.

***

Cuando salgo de la casa de mancebía, ha anochecido. Estoy cansado, me tambaleo y hago las cosas sin reflexionar; había bebido demasiado. Necesito dormir: tengo la sensación de correr velozmente por el aire en busca de una quimera.

La Acrópolis está resplandeciente porque la diosa Selene se dedica a esculpirla con sus rayos plateados en cada detalle de sus muchas siluetas. Me deleita el contraste de luz y sombra que se produce en el lugar, lo que provoca sentarme en un banco tallado en una roca para observar el majestuoso escenario.

El apogeo del astro turba mi mente, sumergiéndome en un ensueño. La Acrópolis se convierte en un campo magnético que me atrae vertiginosamente hacia su cima. ¡Quiero contemplar mi obra maestra otra vez! Comienzo un lento ascenso por las mismas escalinatas que bajé precipitado en la mañana y las que me conducen a la monumental puerta de entrada conocida como Propileos. Selene, como buena centinela, guía mis pasos. Llego fatigado a la cumbre de aquel paraíso. Recupero mi estima y me siento que estoy más arriba de donde se sitúa la ciudad de mármol construida a los dioses. Después de atravesar los muros, contemplo la gran estatua de bronce de Atenea. La vía Sacra pasa por delante del Erecteión. Para llegar a él, sigo caminando por uno de los costados del Partenón. ¡Qué pequeño me veo frente a las columnas dóricas que rodean el deambulatorio! De pronto, diviso la fachada principal del templo que mira erguida hacia el oriente. Cuando llego al edificio quiero abrazarlo como un gesto de mi creación, pero la magnitud del mismo me deja con los brazos extendidos formando una cruz contra la pared. Entonces me doy cuenta que solo puedo tocarlo; la frialdad de las piedras no me impide desplazar mis dedos sobre la superficie mientras recorro la estructura. En la parte meridional, me encuentro con la tribuna de las cariátides. ¡Pobres mujeres! Llevan las cargas más pesadas por ser esclavas después de las Guerras Médicas. Sin embargo, fui yo quien las reivindiqué dándoles un lugar de honor en el monumento. Quedaron inmortalizadas al ser los soportes de un entablamento del Erecteión. Las Kórai, las doncellas griegas, son muy hermosas. Nunca olvido el día que le entregué a Kallimakos los bocetos para que las esculpiera. Para apreciarlas a plenitud, me retiro lo más que puedo. Me acomodo en una piedra pequeña de mármol, de las muchas que hay por los alrededores. Las cariátides parecen ser iguales, pero son muy diferentes unas de otras. Al contemplarlas minuciosamente, descubro que hubiese querido ser un telamón para ocupar un lugar allí e inmortalizarme como una estatua masculina y ayudarlas a soportar la pesada carga.

No sé qué ocurre, pero tengo la sensación de que las estatuas se zarandean y me saludan, con cierta reverencia, dándome la bienvenida. Las doncellas bajan de la tribuna y entran a una cámara pequeña del templo consagrada a Erecteo. ¡Es sorprendente ver cómo el entablamento no se derrumba! Escucho ecos de risas que provienen del interior del aposento. De mí se apodera la curiosidad y decido entrar por el espacioso pórtico de seis columnas con capiteles en forma de voluta dedicado a Poseidón. Para llegar al lugar, tengo que recorrer el templo por su parte occidental, en la que es notoria la pendiente del terreno.

***

En este momento, no me importa si soy un ciudadano respetuoso de las leyes sociales o divinas; sé que estoy profanando el lugar de adoración de mis antepasados. Contemplo sigiloso lo que inventan las mujeres. Una kórai me sorprende y me toma de la mano; me dejo arrastrar por su belleza. Las otras doncellas hacen un ademán señalando un pequeño altar ubicado en la estancia dedicada a los ancestros míticos. Me despojan de la ropa y me acuestan sobre la ara. No sé si ellas han disminuido de tamaño o el mío ha aumentado, todos nos vemos iguales. Las seis mujeres drapeadas con telas blancas me rodean. Su atuendo, un peplo con cinturón, le ayuda a realzar la figura, así como las largas cabelleras trenzadas que caen sobre sus hombros. Observo que mueven los labios, pero no escucho lo que dicen. Creo que están en medio de un ritual, porque al mismo tiempo me embadurnan con una mezcla de varios aceites. Algo raro traman las doncellas, y no sé si quieren inmortalizarme o inmolarme. Quiero imaginarme que es la fórmula que ellas utilizan para darle sanación a un espíritu atormentado por la soledad. Deseo que comprendan mi angustia. Una de las doncellas, al aplicar el bálsamo, juguetea con mi bálano; al verlo crecer se ruboriza y sonríe. Mi cuerpo engrasado es cubierto con un polvo de marfil que se me adhiere a la piel.

Cuando Poseidón se da cuenta de que las cariátides están usando los ungüentos sagrados se enfurece tanto que hiende el suelo con su tridente, lo que provoca un temblor de tierra. Ante la ira del dios agitador de la Tierra, las doncellas corren apresuradas y se colocan en el lugar que les había asignado para evitar que el remate colapse.

Me sorprendo cuando descubro que a mi lado permanece aún la joven del rostro más bello. En mi perturbación, solo atino a preguntarle cuál es su nombre.

—Tría.

—¡Eres la número tres en la tribuna!

Asiente con la cabeza.

—Me llamo Filocles. Soy el arquitecto que diseñé todo esto —digo orgulloso y le pido ayuda para levantarme del altar.

Me doy cuenta de que mi cuerpo está enyesado, aunque tengo cierta flexibilidad como para agarrar la mano de Tría y salir juntos de aquel lugar. Bajamos al pórtico norte por donde entré.

La doncella no tiene que regresar a la tribuna porque no es fundamental en el sostén del entablamento. No es la ocasión para darle importancia a las consecuencias estructurales de la edificación, estoy ilusionado con la fuga.

Estoy seguro que Tría se compadecerá de mi desdicha cuando le cuente que nadie me dio el reconocimiento al que tengo derecho; sin embargo, no quise arruinar el momento. Nos fundimos en un abrazo que provoca que el caparazón que cubre mi cuerpo se quebrara. Me sacudo para eliminar los residuos que quedan sobre mi piel. Volvemos a unirnos apoyándonos en el brocal del pozo salado, y cuando me percato de mi erección le digo: “te deseo”. La tierra vuelve a estremecerse con gran fuerza, nos damos cuenta de que Poseidón continúa iracundo.

—¡Márchate! —vocifera Tría y corre despavorida para ocupar el sitial que le corresponde en la tribuna.

Salgo a toda prisa del pórtico, pero Poseidón arroja su tridente. Me agacho y logro esquivarlo. Cuando el cetro cae, la tierra se estremece al punto que todas las edificaciones comienzan a sacudirse. Es evidente que soy persona no grata para el dios de los terremotos. Si no salía pronto de la cima, me destruiría a mí, a mi obra y a todas las demás. Veo cómo comienzan a desplomarse las instalaciones más antiguas. ¡La ciudad alta es una ruina! Bajo las escalinatas más rápido que en la mañana. Tenía la sensación de que me expulsaban nuevamente.

Corro hasta llegar al banco tallado en la roca y me tiendo sofocado sobre él. Aquí la tierra no tiembla: la ciudad luce serena, lo que me trae cierto sosiego. En este instante me propongo no descansar hasta conseguir que mi nombre quede grabado en la historia del Erecteión.

El viento proveniente de la Acrópolis me trajo un murmullo: “regresa”.

FIN

Luis Alejandro Polanco forma parte de la Junta Editorial de Revista Trapecio. Es autor de la novela No habrá primavera en abril. Véase: Luis Alejandro Polanco.
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