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“Encuentro”: cuento de Maira Landa

Llevaba varias horas adentrado en el bosque, herido, aterrorizado, en busca de refugio. Me escondía de las patrullas enemigas. Caía la noche y ya había perdido toda esperanza, cuando divisé una luz tenue que salía de una casa entre los árboles.

Me asomé con cautela a la ventana y avisté la silueta de una mujer joven sentada en una de las butacas de la sala. Parecía mirar hacia el infinito, absorta en sus pensamientos. Su perfil era de una belleza singular, el cabello caía cual negro torrente sobre sus hombros desnudos, de piel tersa, luminosa, como una figura de tanagra. Quedé ensimismado en la contemplación de aquella visión paradisíaca. ¡Se veía tan sola!

No sé cuánto tiempo estuve ensimismado observándola, hasta que me desmayé ante su puerta, con un gran estruendo.

Cuando recobré el conocimiento, tenía ante mí a aquella mujer preciosa, que me acariciaba la frente. Según me dijo, llevaba allí dos días con fiebres y convulsiones. Sus manos aterciopeladas tenían la transparencia del pergamino más delicado, pero era su voz dulce, cadenciosa y de tono grave lo que más me cautivó.

Curó mis heridas con cuidados infinitos, mientras los días transcurrían en penumbras y silencio, lo que era usual en tiempos de guerra. Nunca le pregunté su nombre ni le dije el mío, pero desde el primer momento supe que la amaba. Nos acariciábamos con la mirada y con solo tocarnos se encendía la pasión. Nuestros cuerpos desnudos se buscaban una y otra vez, hasta llegar a ese confín desde donde ya no hay regreso posible.

Sentía miedo, más por ella que por mí. No quería comprometerla. Decidí abandonar la casa, aunque ella nunca me lo pidió. Tampoco me dijo que me quedara. Sólo susurró que allí me estaría esperando. Nos despedimos con un beso tierno y a la vez apasionado. Me llevé la caricia de su mejilla cálida y el aroma de su piel. Prometí volver tan pronto terminara la guerra.

Me reintegré a mi unidad, en la que ya me daban por muerto. A nadie conté mi experiencia en el bosque, no era necesario.

Al concluir el conflicto bélico, corrí feliz a buscarla. ¡Le diría tantas cosas!, le pediría que viniera conmigo o tal vez que me dejara quedarme a su lado. Ardía en deseos de verla otra vez, de tomarla entre mis brazos, de besarla, de decirle que la amaba. Anhelaba estar con ella para siempre.

No tuve gran dificultad en encontrar el camino. Ella, la casa, el paisaje, todo había quedado grabado de manera indeleble en mi memoria. Me sorprendió encontrar la edificación quemada y que la maleza hubiera invadido las estancias. Vagué sin rumbo por los alrededores, en busca de algún indicio de lo que podía haber sucedido, pero sólo encontré soledad, escombros, raíces y hojas secas.

Me trasladé hasta el pueblo vecino para indagar sobre el paradero de mi amada desconocida. Entré a la farmacia, compré algunos artículos, como un pretexto para hacer amistad con el encargado, un viejo bonachón y simpático, de esos que parecen conocer a todo el mundo. Al fin, me armé de valor y le pregunté qué había sucedido.

—Ah, la casa del bosque. Hace tiempo que se quemó. Una desgracia, una verdadera desgracia  —me contestó, mientras movía la cabeza.

—¿Sabe qué fue de la joven, la que vivía en la casa?

—Era un matrimonio. El era de aquí y, cuando regresó de un viaje, la trajo como su esposa. Una mujer bellísima. Parecían ser felices y él la adoraba, hasta que descubrió que ella tenía un amante. La mató de una puñalada en el corazón y le prendió fuego a la casa. Su cadáver calcinado fue encontrado en la sala. Dicen que ella estaba esperando un hijo del otro. El se colgó del árbol grande que queda a la entrada de la vereda. Sí señor, una tragedia.

—Hace dos años estuve en esa casa y hablé con ella —le dije balbuceante.

—Imposible, joven, lo que le cuento sucedió hace mucho, diría que diez o doce años, mucho antes de la guerra.

¿Cómo era posible? Aquel hombre debía estar equivocado. Yo había estado allí mucho después. Ella me salvó la vida y nos habíamos amado. Y desde entonces sólo había vivido en espera del reencuentro. Aún podía recordar el aroma de su piel.

Corroboré con otras personas del pueblo y todas concordaban con la misma información. Me sentía devastado y confuso.

Regresé a la casa y me senté en la vereda, frente a las ruinas. Busqué una respuesta lógica a lo que había sucedido. No sé cuánto tiempo transcurrió. El silencio me arropaba, olía a tierra húmeda, a lluvia y a jazmines. Desde donde me encontraba podía ver el gran árbol de la entrada. La tarde caía, las ramas oscilaban suaves, a ritmo cadencioso con el viento.

Comencé a caminar vacilante por el sendero. Algo me atraía, no podía evitarlo. Supe entonces que tenía que entrar a lo que quedaba de la casa, buscar ahí dentro la respuesta. Un paso, otro y otro, hasta que estuve en medio de lo que había sido la sala, donde la divisé por primera vez, ¡tan bella!, sentada en la butaca, absorta en sus pensamientos, perdida la mirada en el infinito.

Seguí mi recorrido, aparté los escombros a mi paso. De pronto sentí su presencia, su aliento, el olor delicado de su piel, el roce de sus manos, ese toque aterciopelado que tan bien recordaba. Nos abrazamos con ternura y me dijo en un susurro: “Has vuelto…

Fue entonces que cayó la noche inexorable, la oscuridad se cerró sobre el horizonte y nos arropó el aroma de los jazmines florecidos, mientras las ramas del inmenso árbol se mecían violentas por el viento, que desgarrado ululaba.

FIN

Este cuento ganó el primer premio del certamen Manuel Joglar Cacho en 2006. La autora es parte de la Junta Editora de Revista Trapecio. Véase: Maira Landa.
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