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“Ríos”: cuento de Luis Saldaña

I

Intuyó el peligro tan pronto vio acercarse el grupo de capuchas blancas. Las procesiones no le eran ajenas a Salim Nazar e incluso había participado en varias durante su adolescencia, pero las cruces en llamas y el ladrido de los perros lo asustaron de inmediato. Sólo entonces cobró conciencia de que no sabía dónde estaba ni recordaba cómo había llegado hasta allí.

Observó el arroyo que bordeaba el descampado donde se encontraba y pensó que el Guadalquivir no debía estar muy lejos. Las cruces encendidas iluminaban de un modo feroz el camino de tierra por donde se acercaba la procesión. Cavilaba sobre lo extraño de las circunstancias cuando la inmediatez de los ladridos lo previno de que la muchedumbre se acercaba. Comenzó a correr impulsado por el instinto. No comprendía por qué huía, pero era presa de un miedo ancestral, que lo guió hacia un bosque de arbustos en el que se internó, con la esperanza de perder al gentío. Era evidente que lo seguían y apresuró el paso.

Calculó que había transcurrido media hora cuando el cansancio comenzó a entumecerle las piernas. El sudor hacía que la ropa se adhiriera a su cuerpo y lo sofocara. Jadeaba sin control. Los ladridos se escuchaban ahora más lejanos y, en la soledad de aquella noche que no terminaba de comprender, se dejó caer boca arriba, entre dos grandes rocas. Aquella madriguera tuvo en él un efecto tranquilizador y recordó la primera vez que recorrió las calles de Sevilla siguiendo la procesión.

—Salim, tú serás grande. Lograrás mucho en la vida —le había dicho su madre, mientras lo observaba orgullosa peinarse el cabello engominado ante el espejo.

Aunque sus padres todavía se arrodillaban cinco veces cada día en dirección de Levante, fomentaban que practicara las costumbres cristianas para que no lo señalaran. Creían que de este modo Salim se integraría a la sociedad andaluza y tendría una vida mejor que la de ellos. “Tenían razón”, pensó Salim, todavía tumbado en su escondrijo y conjuró con orgullo la memoria del día en que se graduó de la Facultad de Ciencias. Logró superar los prejuicios que implicaban tener la piel oscura y una fe recién adquirida. Con el tiempo se convirtió en asistente de la cátedra de Física, tuvo mujer e hijos (que a estas horas se preguntarían dónde andaba) y gozaba de cierto prestigio en la comunidad universitaria. De pronto, le parecieron absurdos sus temores, la huída, el escondite ridículo donde se había encuevado. Se incorporó molesto consigo mismo y comenzó a caminar hacia la procesión orientado por el ladrido de los perros. Alguien sabría indicarle el camino de regreso.

II

Hacía una hora que vagaba por calles desconocidas. Miraba en todas direcciones sin reconocer los edificios y sin lograr orientarse. La multitud de gente que caminaba por las aceras o montaban a caballo en el centro de las plazas también le parecía extraña. Lo más alarmante era que no recordaba cómo había llegado allí. Charlie Johnson comenzaba a desesperarse.

Intentó preguntar en dónde estaba a un  transeúnte que iba vestido con chaqueta corta y sombrero negro de ala ancha. A una dama que vestía un traje de volantes y colores brillantes, trató de pedirle alguna pista que lo ayudara a entender su precaria situación. Tuvo la impresión de que no lo entendían. El tampoco los entendía.

Charlie Johnson hizo una nota mental del colorido de las flores en los balcones; de las guitarras, los bailes y los cantos; de la amistad que irradiaban las casetas que se habían colocado a lo largo de calles y avenidas.  Estuvo a punto de contagiarse de la alegría general que reinaba en las calles de aquella ciudad, pero la confusión que lo embargaba comenzaba a dar paso a un terror que a sus veinte años jamás había sentido.

Cruzaba ofuscado de una calle a otra en busca de una salida, lamentando no saber leer para orientarse. Tenía la sensación de que caminaba en círculos. Aceleró el paso cuando comenzó a oscurecer. Atravesaba bruscamente los grupos de personas que encontraba en su camino. “Ahí va tu madre, moro”, gritó alguien que más tarde recordaría el pánico que se había instalado en el semblante del negro. Charlie no comprendió lo que gritaban.

Llegó a una pequeña plaza y, mientras decidía en qué dirección seguir caminando, se detuvo ante una iglesia dominada por un gran campanario. No tardó mucho en continuar por una alameda que lo llevó hasta un paseo amplio, que bordeaba un río. “Quizás es el Pearl”, pensó. Comenzaba a albergar la esperanza de estar cerca de Poplarville, cuando se percató de que un enjambre de encapuchados, que portaba grandes cruces, marchaba hacia él.

El pavor lo paralizó por un instante, pero pronto logró hacer acopio de las fuerzas que le quedaban y comenzó a correr en dirección contraria, a lo largo del paseo. El miedo lo hacía respirar con dificultad. Huir, desaparecer. Eso era todo lo que anhelaba.

—Deja de pensar en la señorita Drake. Te costará la vida —le había advertido su madre la tarde en que Charlie le comentó que la señorita lo saludaba con una sonrisa siempre que se la cruzaba en el potrero.

Ahora se arrepentía de no haber escuchado a su madre. Conocía bien que los encapuchados cometían monstruosidades con descarada impunidad. Su tío Joe había sido brutalizado hasta la muerte por un grupo de encapuchados luego de haber testificado en un juicio contra un blanco.

No había dado más de una decena de trancos, cuando apareció otro grupo de encapuchados caminando hacia él a un paso inexorable desde la dirección contraria. Se acercaron tanto que los escuchó murmurar una letanía incomprensible. Estaba convencido de que no tardarían mucho tiempo en rodearlo.

Charlie Johnson no se percató de que se había orinando. Contempló el río unos segundos. Aunque no sabía nadar, se lanzó al agua, convencido de que cualquier cosa sería mejor que soportar los horrores que sufrió su tío Joe.

III

Durante el trayecto hacia el lugar donde se escuchaban los perros que acompañaban a la procesión, Salim recordó a sus hijos. Los gemelos, Gastón y Diego. También recordó el beso que le dio su mujer al despedirse esa mañana.

—Vuelve temprano esta tarde —le había dicho Irene, en un tono pícaro, que preludiaba un final feliz para aquel día.

No tardó mucho en divisar la procesión. Cuando estuvo cerca, la presencia de los perros volvió a sorprenderlo, pero su situación era tan extraña que no ponderó mucho el asunto.

Estaba a punto de dar las buenas noches, cuando sintió un puño estrellarse contra su nariz. Antes de que pudiera reaccionar, le golpearon la cabeza con un palo y cayó al suelo. Los encapuchados no perdieron tiempo en patearlo. Se ensañaron con Salim con un odio hasta entonces desconocido por él. Parecían una manada de lobos hambrientos destazando un venado. De todo lo que le gritaban, lo único que Salim creyó entender fue negro.

Durante el tiempo que se mantuvo consciente, no dejó de pensar en su familia. Cuando le bajaron el pantalón, lo castraron y le metieron el pene en la boca, ya Salim estaba muerto. Un hombre que ya no escondía el rostro sacó una soga de un saco. Arrastraron el cadáver hasta un árbol cerca del río y lo colgaron. Ahí lo encontraron al amanecer.

IV

En Mississippi los periódicos dieron constancia de un nuevo linchamiento a orillas del Río Pearl. El periodista aseguraba que los golpes habían desfigurado el rostro del ajusticiado a tal grado, que la presunta víctima de la violación no pudo identificarlo como su agresor. Aun así, el comisario del condado concluyó que el tamaño y el color del cadáver confirmaban que se había hecho justicia.

En medio de la algarabía de la Feria de Sevilla casi nadie reparó en la noticia de que el cadáver de un moro, al que nadie reclamó, fue rescatado de las orillas del Guadalquivir.

El lamento de las notas de un blues flotaba a lo largo del Río Pearl la madrugada del 17 de abril de 1923. En Sevilla el río fluía al compás de una guitarra flamenca.

FIN

Cuento ganador del Certamen de cuento de El Nuevo Día, categoría de autor publicado, en 2012. El autor forma parte de la Junta Editora de la Revista Trapecio. Véase: Luis Saldaña.
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