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“Tres meses con Gary”: cuento de José Borges

Gary Lawdry era ejecutivo de la empresa. Su posición le otorgaba mucho poder y dinero, pero se le hacía difícil conseguir un compañero sentimental. Casi todas las noches frecuentaba la misma barra en busca de compañía y en poco tiempo supe que había sufrido varias decepciones. Cuando Gary averiguaba que un hombre se le acercaba solo por su dinero e influencia, se encargaba de aprovechar el poder que le daba su puesto para cobrar cada una de esas decepciones. Si eran empleados, los despedía y se aseguraba de que jamás consiguieran otro trabajo en la industria. Si no trabajaban con él, lograba que se fueran de la ciudad. Tal vez les revelaba sus peores secretos o conseguía quién los aterrorizara. No había duda de que Gary aprovechaba cada oportunidad para vengar a los que lo utilizaran.

Admito que habría deseado que, en vez de un Gary, mi objetivo hubiese sido una mujer. Mi deber no habría sido tan desagradable. No es que tenga algo en contra de los homosexuales, solo que no me gusta acostarme con hombres. No podría enamorar a Lawdry y fingir pudor; tendría que estar con él. Para colmo, tenía un físico desagradable y todo el tiempo usaba unos anteojos que eran el aparato electrónico de moda. Eran espejuelos, teléfono, cámara de video y computadora, activados por los movimientos del iris óptico del usuario. Eran pocos los que podían permitirse ese lujo.

Me ganaría cada centavo, aunque no sería la primera vez que tuviese que seducir a alguien en nombre del trabajo. Parte de ser ladrón es ganarte la confianza de tu marca y no hay nadie que logre eso mejor que un amante. Cualquiera que haya sufrido un mal amor lo sabe.

Aunque Lawdry era un hombre necesitado de afecto, no significaba que sería fácil enamorarlo. Las muchas decepciones hacen más desconfiado a cualquiera. Sería necesario observarlo por largas horas. Tenía que aprender sus gustos, lo que le molestaba, qué encontraba atractivo y miles de detalles más. Lo observaría hasta estar seguro de que podría lograr el cometido. Como era necesario entablar una relación más complicada que una mera noche de placer, tendría que seguirlo de cerca por varias semanas. Podía tardar meses en casos más difíciles, pero resultó que Gary no era muy complicado que digamos.

Al hombre le gustaba vivir en grande. No necesariamente elegía lo más caro, sino lo mejor, aunque muchas veces era lo mismo. En varias ocasiones, lo vi rechazar algún lujo para escoger lo que considerara más funcional. No se dejaba llevar por lo que dijeran los demás. El hombre formaba sus propias opiniones acerca de qué era lo mejor. Comprendí cómo había obtenido un puesto tan importante en la compañía: no era tonto.

Lo seguí por dos meses, muy de cerca. Jamás se dio cuenta de que lo observaba. Lo perseguía escondido y disfrazado, desde que salía de su casa hasta que terminaba la noche. Tal vez un profesional me habría detectado y aun así le sería difícil. La clave fue nunca repetir el mismo disfraz de corrido y ser muy discreto. A veces me ponía espejuelos y vestía casualmente, otras veces tenía gafas oscuras y ropa de ejercicio, y el día después me engabanaba y me quitaba los anteojos. También me teñía el cabello con frecuencia y utilizaba zapatos que me hicieran lucir más alto, además de pintarme tatuajes convincentes en partes del cuerpo donde podían verse con facilidad. Gary andaba en su propio mundo y procuré no sacarlo de ahí hasta que fuese hora de conocerlo oficialmente.

Más de una vez lo vi llorar en alguna esquina luego de varios tragos. Era una persona muy solitaria, a pesar de que en esos dos meses logró llevarse tres compañeros a su casa y organizar dos fiestas decadentes a lo extremo. Llevaba una vida que cualquiera desearía y aun así era miserable. Para él, ser amado era todo y no bastaba con comprar una ilusión. Conquistarlo fue más fácil de lo que pensaba.

La noche del primer contacto me vestí conforme a lo que había observado que le gustaba: anteojos de pasta, un recorte conservador y ropa profesional pero casual a la vez. Actuaba como si el mundo estuviera en mis manos, pero no me importaba. Tardó una hora y dos tragos en atreverse a hablarme. Lo había sentido observándome desde diferentes puntos de la barra. Por fin logró convencerse de comprarme un trago y entablar una conversación. Había llegado mi primera prueba de fuego y la más crucial. Si fracasaba, sería muy difícil lograr una segunda conversación con ese tipo de ilusión en su mente. En ese momento, yo era el hombre de sus sueños y era preciso que actuara de esa manera también. No quería sobreconfiarme y echar a perder meses de trabajo.

Acepté su trago luego de un poco de resistencia y conversamos cordialmente. Sabía que siempre había que resistirle cualquier intento de bondad. Era la manera que tenía Gary de probar si alguien estaba interesado en él o en su dinero. Varias veces lo observé mirar con disgusto a los que se aprovechaban sin reparos de su benevolencia, aunque su molestia no le impedía llevárselo al lecho por una noche si se daba la oportunidad. Cada cual tiene su precio y, para algunos, par de tragos es más que suficiente. Tenía que demostrarle a Gary que sería caro para él y lo haría disfrazándome de una moneda que no tenía en abundancia: cariño. Así que, cuando me invitó a su hogar, lo rechacé con cordialidad. Le aseguré que solo había llegado a la barra para unos tragos, no para una noche loca con un desconocido, aunque me halagaba su invitación. Acto seguido, me invitó a cenar. Rechacé su oferta otra vez, pero sugerí tomarnos un café antes de que finalizara la semana. Intercambiamos datos de contacto y quedamos en encontrarnos para el café y la conversación el jueves por la tarde. Me fui de la barra sin necesidad de observarlo camino a su casa para saber su impresión. Mi esfuerzo durante esos dos meses había rendido frutos y estaba seguro de que se masturbaría esa noche pensando en mí. Entraba en la fase más desagradable, pero estaba más cerca de completar la misión..

Pasamos semanas comunicándonos y encontrándonos por toda la ciudad. Nuestras conversaciones eran largas y notaba cómo crecía su infatuación conmigo cada vez que nos reuníamos. Mi actuación me hubiese ganado un premio si alguien más pudiera apreciarla. Había inventado todo un personaje repleto de detalles: dónde nací, cuándo; dónde estudié; cuáles fueron mis primeros empleos y mis amores. Era una historia sencilla con espacio para improvisar, si fuese necesario. La inventé tan bien que a veces creí haber vivido algunas de las “memorias” inventadas para el personaje.

Duramos tres meses, como toda relación que marca una vida. Para Gary, fueron los mejores tres meses que jamás había pasado. Grababa todo momento importante con la cámara de sus gafas, aunque le costara una fortuna el almacenaje de información. Nadie le había mostrado el afecto que le fingí y nunca habría de repetir las experiencias en su cama con otro. Tal vez es difícil comprender cómo un hombre heterosexual pueda cogerse a otro hombre. Es cuestión de necesidad. Cualquier reo comprendería sin vacilación. Se hace lo necesario para sobrevivir. Supongo que, si no hubiese pasado cinco años en la cárcel, no habría podido lograr el trabajo con Gary. Esas noches orgásmicas conmigo le costaron caro.

Los tres meses de intimidad me dieron acceso a su vida profesional de manera indirecta. Había cumplido mi propósito. Muy pocos seres en este mundo se resisten a hablarle de su trabajo a su amante. Entre cenas, fiestas, paseos y noches de pasión, por fin aprendí los códigos de acceso al trabajo de Gary. Una semana antes de romper la relación llamé a Minerva, mi socia, para que se mantuviera pendiente para recibir los datos de Dante Escobedo. Al fin obtendría la información que buscaba.

Poco antes del rompimiento le di todas las contraseñas que sabía a Minerva y esperé confirmación de que hubiese obtenido lo que necesitábamos. Debíamos haber bajado todos los datos que me habían pedido, así como las grabaciones que Gary tuviera de mí. Era imprescindible borrar todo rastro de mi existencia. Una vez recibí la señal, terminé la relación. Escogí su empleo como punto de conflicto. Inventé que le prestaba más importancia al trabajo que a mí, que ya había pasado por eso antes, que en realidad no me amaba… así por el estilo. Para romper con alguien, las excusas sobran. Es cuestión de proceder. Trató de convencerme, pero su temor mayor se había convertido en realidad. Lo dejé llorando en la entrada de su casa; casi tuve que patearlo para que me soltara la pierna. Era patético y disfruté cada momento. Después de soportar tres meses con él, era la liberación que necesitaba. Me había desquitado de otras personas de maneras más violentas, pero jamás había causado tanto daño como esa noche.

Llegué al apartamento de Minerva cerca de la medianoche. Como medida de seguridad, di varios paseos por la ciudad para asegurarme de que nadie me seguía. Luego de tomarnos algunos tragos, me fui a la cama con ella para borrar las noches con Gary de mi memoria. El acto fue más celebración que afecto. Cada cual sabía las necesidades del otro. Minerva y yo éramos un equipo exitoso desde hacía varios años y ahora nos habríamos de ganar el respeto y el prestigio de los demás ladrones de informática. Éramos los primeros en acceder a los datos de esa compañía. Luego de dormitar en la cama, nos levantamos a ver qué habíamos conseguido.

Lo primero que noté fue el tamaño de los archivos. Eran inmensos. A Minerva le pareció raro también, aunque no le preocupó mucho. Esperábamos bajar archivos de tamaños normales, pero estos contenían casi veinte veces la cantidad de información. Por suerte, Minerva suele utilizar discos duros de gran capacidad. De no ser así, habría tenido que esperar más tiempo con Gary, en lo que ella conseguía más espacio de almacenaje para los datos.

Normalmente, no me interesaría el contenido del botín. Lo entregaría a cambio de la remuneración y me olvidaría del caso. Sin embargo, la curiosidad se apoderó de mí. ​¿​Quién no le daría un vistazo a la información privada de la compañía más grande del planeta? Abrí el archivo de Dante Escobedo. Contenía una lista de fechas en orden cronológico, divididas por años, meses, días y horas. Cubría más de veinte años sin faltar un día ni una hora. Al azar, abrí uno que leía “21.03.2015 19:00”.

En la pantalla apareció un video como si hubiera sido tomado desde la perspectiva de alguien que caminaba por una casa. Solo se veía lo que observaba. La persona fregó unos trastes, luego caminó hasta una sala y comenzó a leer una revista. Apreté el botón para adelantar el video, hasta que la persona se levantó y fue al baño. Vimos cómo sacó el pene para orinar, luego se lavó las manos y se miró en el espejo por un momento. Era irreconocible para nosotros, aunque tenía unas gafas semejantes a las que usaba Gary, pero parecía ser un modelo más antiguo. Escogí otra fecha. Era otro video semejante. Esta vez caminaba por un parque y veíamos lo que el hombre observaba.

Toda la vida de esta persona durante veinte años estaba grabada en el archivo que robamos. Al parecer, sus gafas grababan todo, sin él saberlo. Suponíamos que el hombre era Dante Escobedo, aunque no sabíamos cuál era su importancia. Llevaba una vida aburrida, por lo que habíamos visto hasta la fecha. Tampoco estábamos dispuestos a verificar todos los archivos. Eran demasiados, toda una vida. Caí en la cuenta de que la importancia de Dante Escobedo no era lo que había hecho en su vida, sino que la compañía había grabado todo gracias a las gafas. La privacidad se había convertido en un mito a principios del siglo XXI. Gracias a las redes sociales y los teléfonos inteligentes, cualquiera podía averiguar dónde estabas y qué hacías. Mi generación daba por sentado que éramos pequeñas celebridades dentro de nuestro entorno social. Todos tus amigos se enteraban si ibas a la fiesta de la semana, si veías una película, si viajabas o comías en un restaurante, porque todo el mundo compartía esa información. Obtener un teléfono con cámara y conexión a Internet era fácil y accesible para todos. A esta tecnología se le añadieron las gafas, que pasaron a convertirse en el nuevo objeto de lujo de la era digital. Por eso, no me sorprendía que Gary las utilizase.

El dato importante era que grababan todo el tiempo: no importaba si estuvieran activadas o no. Teníamos veinte años de la vida de Dante Escobedo en nuestra computadora. Si queríamos, era posible ver todo lo que había hecho en ese tiempo. Con quién se había acostado, qué había comido en alguna fecha específica, qué había comprado. Casi todo el pietaje era en primera persona, salvo las pocas ocasiones en que Dante se quitaba las gafas, como cuando dormía o se bañaba. El aparato grabó toda su vida y el hombre no se había enterado. ¿O sí? Le dije a Minerva que abriera el último día que aparecía en el archivo, octubre 9 de 2017, 21:00. El video mostró a Dante leyendo un libro en su apartamento. De vez en cuando, su mirada se distraía con algún objeto en la habitación y luego se concentraba en el libro otra vez. Avanzamos el video hasta que dejó de leer y se levantó a contestar la puerta. Dos hombres le enseñaron sus identificaciones y le informaron que estaba bajo arresto por conspirar contra el Gobierno. Le quitaron las gafas y se acabó el video cuando uno de los agentes, con una sonrisa, las apagó.

La compañía grababa la vida de sus usuarios a escondidas para luego eliminar a los que les presentaban algún tipo de amenaza. Presumí que esa era la razón por la cual me habían contratado. Eran pruebas contra el Gobierno y la compañía. Colaboraba una con la otra en ilegalidades. Sin embargo, no sabía de qué les valía tener pruebas, si el Gobierno era quien controlaba el sistema de leyes. No había manera de ganarles en ese foro. Decidí que no importaba y entregaría la información lo antes posible. Así me pagarían y me iría de la ciudad. Me bastaba con el prestigio, y el dinero era más que suficiente como para comenzar mi vida en otro lugar.

Minerva me miraba preocupada. Temía que la información de Lawdry aún estuviese en manos de la compañía. Habíamos partido de la premisa de que la información solo estaba en la computadorade Gary. El hallazgo de los archivos de Escobedo apuntaba a que la compañía mantenía una copia de todo. Le dije que intentara entrar al servidor de la empresa, pero no pudo. Ya habían cerrado esa ventana. Si la información de Lawdry estaba en el servidor de la compañía, tendrían imágenes de mí y, de seguro, vendrían a buscarme. Minerva debió notar el temor en mi rostro porque comenzó a asustarse también. Le dije que teníamos un poco de tiempo para escapar, pero debía mantener control de su miedo. Teníamos que actuar sin pánico. Mi plan era sencillo: entregábamos, nos pagaban y desaparecíamos.

Contacté a mis patronos de inmediato. Una vez confirmamos el pago en la cuenta, les enviamos los archivos. Empacamos maletas e incendiamos el apartamento antes de irnos, para no dejar rastros. Tal vez fue un acto de paranoia, ya que Minerva utilizaba un nombre falso para alquilar, pero era mejor ser precavido cuando uno se enfrentaba al Gobierno y a la compañía. Sacamos dinero de un cajero automático y partimos hacia el aeropuerto. A mitad de camino, le dije al taxista que se detuviera y nos dejara salir. Minerva me miró, confusa. Le expliqué que el taxista tenía una de las gafas de la compañía y tal vez nos grababa en ese momento sin darse cuenta. Cabía la posibilidad de que nos buscaran de esa manera.

Alquilaría un automóvil y huiríamos. Mientras caminábamos hacia la compañía de alquiler, comencé a fijarme en cuánta gente tenía las malditas gafas. Decenas de personas en cada cuadra que caminábamos las utilizaban. Algunas parecían apagadas, otras obviamente grababan, enviaban y comunicaban según el deseo de sus dueños. Sabía que todas grababan en cada momento. Al fin llegamos al mostrador de la compañía de alquiler de autos. Llené todos los formularios a la prisa, di mi tarjeta de crédito con información ficticia y veinte minutos después estaba en el asiento del conductor, listo para arrancar.

Apenas había insertado la llave en la ignición cuando apareció una docena de policías con sus armas listas. Nos ordenaron bajar del auto y rendirnos. El arresto fue por robo de información al Gobierno y a un ente privado. Esposados, nos llevaron a un cuartel de Policía. No volvería a ver a Minerva hasta el juicio.

El proceso fue rápido. Tenían las grabaciones de Gary, quien había contado todo tipo de detalle acerca de nuestra relación. Sabían bien cómo era la persona a la que buscaban y, aunque me había disfrazado, la computadora encontró mi rostro entre millones en menos de diez minutos. Una persona jamás podría ver tanta información a la vez, pero una computadora solo requiere que alguien sepa qué pedirle.

No tenía esperanza alguna de salir absuelto, a pesar de que contraté a uno de los mejores abogados criminalistas. Supe que estaba jodido tan pronto leyó mi caso; se le notaba en el rostro que ya había perdido. La sentencia fue fuerte, para servirle de ejemplo a todo aquel que pensara hacer lo mismo. Con suerte, saldría de la prisión en los próximos veinte años. Minerva obtuvo una sentencia reducida al cooperar con las autoridades en mi contra. Hizo lo mismo que hubiese hecho yo.

Para colmo, tampoco había logrado obtener el prestigio de haberle robado a la compañía. Resultó que ellos mismos me habían contratado para probar cuáles eran sus debilidades y sacar a otro ladrón del juego.

Antes de que me leyeran la sentencia, Gary me visitó. Supe por su mirada que aún estaba enamorado. Me contó cómo habían implementado nuevas medidas de seguridad para los empleados de la compañía para que mi hazaña no se repitiera. Tenía el poder de ofrecerme un arreglo a mi sentencia. Cumpliría seis meses y luego trabajaría para la compañía bajo su supervisión. Estaría a cargo de buscar y prevenir nuevas maneras de quebrar la seguridad informática de la compañía. Cobraría muy bien, más de lo que ganaba como ladrón.

Pensé en lo desagradable que era estar con él, la manera en que su aliento apestaba por la mañana y cómo gimoteaba cuando me negaba a cogerlo. Fue una decisión fácil.

Acepté, por supuesto. Los tres meses con Gary habían sido detestables, pero me constaba que veinte años en prisión son mucho peor. Pensé escapar a la mayor brevedad posible. Sin embargo, las gafas, esas malditas gafas, están pendientes de mí en todo momento. Han frustrado todos mis intentos de huir y ya no estoy muy seguro de qué prisión habría sido peor.

FIN

Este cuento forma parte de la antología Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio, publicado en 2013 por Los libros de la iguana. El autor es el director editorial de Revista Trapecio. Véase José Borges.
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1 comentario

  1. jaime muñoz dice:

    Escabroso. Aunque técnicamente bien elaborado

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