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“Una mañana sin pájaros”: cuento de Yolanda López López

Para Valeriano Cárdenas una mañana sin pájaros era inconcebible. Un domingo de primavera amaneció por primera vez en la ciudad. Hasta entonces había vivido en un campo del sur de la isla, en el mismo barrio que lo recibió al nacer. Acababa de cumplir setenta años y vivía solo. Su esposa lo abandonó tras cuatro décadas de matrimonio porque no era un hombre de Dios, no le gustaban la música ni las reuniones familiares, y el único Quijote que conocía se encontraba en la etiqueta del ron Don Q. Cuando le comenzaron los achaques de la artritis sus amigos le sugirieron que se mudara a la ciudad y abandonara la humedad del campo, que eso lo haría sentir mejor. Además, estaría más cerca de los hospitales. Convencido, retiró sus ahorros, producto de trabajar cuarenta años como oficial de seguridad en la recepción de una oficina de la Autoridad de Energía Eléctrica, y se compró una casa pequeña en Santa Matilde. El agente de bienes raíces lo llevó a ver varias, pero aquella lo cautivó. No era muy diferente a todas las demás de aquella urbanización, que tenía más de treinta años de construida, pero cuando vio la terraza con el techo de zinc y el patio con varios árboles frutales, le pareció que aún estaba en el campo; y supo que en los días de lluvia, cuando el agua repicara sobre el zinc, reviviría sus memorias del barrio.

Antes de mudarse se dispuso a poner su casa en óptimas condiciones. Ahora que tenía el dinero no quería vivir en una casa con remiendos. Por varias semanas se dedicó a corregir las grietas del empañetado, a pintar toda la casa y a cambiar las puertas de pino por unas de caoba. La última semana la invirtió sellando el techo, para protegerlo de las filtraciones, y revisando las tuberías y las conexiones eléctricas.

Y en esa mañana de primavera, su primera en la ciudad, salió a la terraza  y se sentó en una mecedora a esperar que los pájaros se acercaran, mientras sorbía el café. A lo lejos, divisó un chango en el patio del vecino. El ave, de plumaje negro azul, sacaba de la bolsa de comida seca del perro un cuadrito, lo agarraba en su pico, se acercaba con brincos cortos a un charco de agua en el cemento, lo sumergía por un momento y luego se lo comía. Valeriano estaba maravillado ante la astucia del Mozambique de Puerto Rico que debería estar comiendo insectos del piso, garrapatas, o frutas. Una Reina Mora se paró en el medio del patio de Valeriano y él la observó, esperando a que se acercara. Pero el ave, de líneas blancas cruzándole el rostro, se paseaba temerosa. Cuando sintió que el hombre se paró de su silla, alzó vuelo.

La mañana siguiente, Valeriano se sentó en la terraza, puso azúcar en la palma de su mano, extendió el brazo hasta descansarlo en la baranda y se mantuvo lo más quieto posible esperando a que las aves se acercaran. Ese día no tuvo suerte, pero al cabo de varios la vacilación de las reinitas fue cediendo y una de ellas se posó sobre su mano y comenzó a picotear la azúcar exhibiendo con orgullo su pecho amarillo.

La experiencia había sido tan maravillosa que Valeriano comenzó a idear diversas formas de atraer a otros pájaros. Visitó el almacén de La Granja, compró comederos y se abasteció de alpiste, mezclas de semillas y maíz. Colocó los comederos alrededor del patio para ponerles azúcar a las aves y, desde su terraza, todas las mañanas lanzaba maíz, alpiste y semillas al centro del patio para disfrutar el espectáculo de ver los pájaros acercarse: los changos, las reinitas, las golondrinas, las palomas. Los trinos y gorjeos de las aves pequeñas se interrumpían con el grito abierto del chango para musicalizar la quietud de la mañana. En ocasiones atraían a un curioso zumbador que se acercaba a darle vueltas al grupo para luego partir hacia las flores.

Cuando llegaron las lluvias de septiembre, Valeriano observó que el agua se  desbordaba por el alero. Los chorros se escurrían por las paredes de la casa dejando a su paso la mancha de la mugre acumulada sobre el techo. Los salideros del drenaje estaban secos. Valeriano subió sobre la vivienda a investigar la situación. Cuando llegó a las esquinas de los drenajes se agachó, metió la mano en el hueco y extrajo un puñado para examinarlo. Esparció con sus dedos, sobre la palma de la mano, el mazacote de tierra. Lo examinó con cuidado. Mezclados en el barro, entre las hojas y los diminutos palitos, divisó las semillas de maíz y de alpiste. Prosiguió con la limpieza de los drenajes hasta que toda el agua salió del techo.

A la mañana siguiente, Valeriano se sentó en la terraza luego de lanzar el alpiste, las semillas y el maíz. Cuando llegaron los pájaros, lentamente levantó de su falda un rifle de perdigones, apuntó, disparó y mató al primero de cientos.

FIN

La autora forma parte de la Junta Editora de Revista Trapecio. Ha publicado la novela La caída de alejandro Curtos. Véase: Yolanda López López.
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