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“El sacrificio de Anam”: cuento de Natalia Victoria Galindo

“La pasión para el hombre es un torrente; para la mujer, un abismo.”
Concepción Arenal

Fue el mismo río Amazonas, que hacía seis eclipses se había llevado a todos los indios de la tribu con un golpe de agua, el que dejó a los pies de la aldea aquella estatua dorada convertida por los dioses en un hombre sin espíritu. Cuando las ancianas se acercaron a la canoa en la que yacía dormido, un magnífico pájaro azul salió de su regazo, batió las alas y se deslizó hasta posarse en una de las ramas del árbol que cobijaba a Anam. Las demás mujeres observaron la señal y, con la misma naturalidad con la que se recibe el sol cada mañana, comprendieron que ese era el elegido que la diosa Madre había designado para el sacrificio de Anam.

La joven se quedó mirando cómo las mujeres de la tribu lo despertaban con cánticos que ella nunca antes había escuchado. El hombre sin espíritu abrió los ojos y levantó el torso apoyando las manos en el borde de la canoa para salir. Lentamente, pisó la tierra húmeda que se tendía bajo sus pies como una alfombra pintada en una gama infinita de verdes y marrones, y comenzó a andar. Cuando pasó frente a ella, detrás de la procesión de mujeres que se adentraba en la selva amazónica, lo hizo absorto en la cadencia de las voces que le precedían. A Anam, que jamás había visto a un hombre medio desnudo, se le estremecieron las entrañas y no pudo hacer otra cosa que apoyarse en el tronco que la sostenía.

Tras aquella aparición, las ancianas separaron a Anam del resto de la tribu y comenzaron a prepararla para el ritual. Su madre le explicó que había llegado la hora de despertar la pasión del hombre sin espíritu para hacer germinar la semilla en su vientre; que en diez lunas nacería una niña que habría de convertirse en la nueva sacerdotisa y que ese día el río Amazonas regresaría a todos los hombres de la aldea. Por último, le advirtió que su condición de madre de la nueva sacerdotisa le permitiría conocer la pasión solamente en la noche de la concepción y que si no respetaba esta regla, conocería la ira de los dioses.

Durante las cuatro puestas de sol siguientes, las ancianas continuaron embadurnándola con aceites aromáticos, la instruyeron en las artes amatorias usando figuras de barro y le dieron té de catuaba para estimular su apetito sexual.

Una noche en la que la luna se mostraba plena, su madre regresó a buscarla.

—Es la hora —dijo con voz firme—. El Gran Pájaro vuela sobre la aldea y el hombre sin espíritu está listo.

Las mujeres desnudaron a la joven, le cubrieron el cuerpo con un polvo hecho de pétalos de flor y le dieron de beber el último té que quedaba en un pequeño recipiente de arcilla. Tras colocarle una túnica blanca, la llevaron a la choza que habían preparado en el centro ceremonial y allí la dejaron sola con el enviado que yacía sobre una hamaca, adormecido por los brebajes de las curanderas.

 Anam se sabía dispuesta para el sacrificio, pero dudó al verlo tendido sin voluntad. Se acercó despacio, observando sus facciones. Tenía el rostro alargado, la nariz pronunciada y una marca parecida a una pequeña serpiente le quebraba una de las cejas. Se arrodilló a su lado, bajó la cara y cerró los ojos para olerlo. Su aroma dulce, parecido al cacao, impregnaba el aire de la choza. Anam se apartó un poco para mirarle el cuerpo: una fina línea de vellos rubios, del mismo color de su piel, le bajaba por el pecho y se perdía debajo del paño azul que le cubría. El color de la tela le recordó las alas del Gran Pájaro.

Ella se untó las manos con el aceite de malva que las curanderas habían dejado junto a la hamaca y pensó en las figuras de barro que moldeaba desde que era pequeña. Recordó las lecciones de las ancianas y comenzó a masajear el cuerpo del hombre, desde la base del cuello, bajando por el pecho desnudo, hasta llegar al borde del paño. Se detuvo en la línea de la pelvis, marcada por los músculos abdominales, y levantó la tela. Anam deslizó las manos por la colina de vellos dorados, evocó en su mente las canciones que sus antepasados dedicaban a los dioses y comenzó a masajearlo al compás de la música que escuchaba en su cabeza. Lo escuchó gemir y notó cómo se mostraba firme bajo sus manos la parte del cuerpo que engendraría la vida en su vientre. La música retumbaba con fuerza, mientras una corriente húmeda manaba de entre sus muslos mojando las rodillas del hombre sin espíritu. Anam apartó las manos, bajó la cabeza para besarle la boca y se perdió en el sabor dulce y salado de su virilidad.

La estatua dorada, convertida en hombre, sucumbió al sueño de placer de la mujer india y se dejó arrastrar por las rutas profanas del sacrificio. La agarró por las caderas, levantó la tela blanca que la cubría y la subió hacia sí.

La música, convertida en tempestad, ascendió por los cielos hasta llegar a los dioses, mientras Anam cabalgaba sobre el placer de la inmolación. Afuera, la luna iluminaba la negrura de la selva amazónica para que la diosa Madre encontrase, en medio de la oscuridad, el camino a la creación.

Al amanecer, cuando el Gran Pájaro sobrevoló el área ceremonial antes de desaparecer en las alturas, las ancianas entraron en el bohío y despertaron a los amantes con la misma canción con la que habían recibido al hombre dorado. Este apartó los brazos, que hasta ese momento rodeaban a Anam, se incorporó desnudo y salió hipnotizado detrás de la música. Las ancianas lo ataron de pies y manos y lo acostaron sobre una cama de hojas junto al altar de piedra en el que colocaban las ofrendas para los dioses. No opuso resistencia, había regresado al letargo del cuerpo que camina sin espíritu.

Anam se quedó sola en la hamaca que todavía conservaba el calor de los cuerpos. Una noche de sacrificio para concebir una hija y toda una vida para adorar a los dioses era su destino. Dentro de diez lunas tendría una niña y sería la próxima sacerdotisa. La heredera del gran conocimiento.

Agarró la tela azul que descansaba en el borde de la hamaca y se la acercó a la cara. Olía al hombre que en esos momentos regresaba a la materia, quemado sobre un altar. Anam sintió calor. Escuchó los tambores repicando en su cabeza y se tocó el vientre: ardía, como la noche anterior. La música retumbaba, cada vez más deprisa. Recordó las caricias de manos grandes y doradas; evocó los dedos largos apretándole la carne y cerró los ojos. “Una noche, una sola noche”, pensó. Trató de dominar su instinto, pero no pudo. La imagen dorada se coló por sus sueños y tuvo ganas. Entre tambores oyó la voz lejana de su madre, Conocerás la ira de los dioses… Al compás de la música bajó la mano, se tocó la carne todavía húmeda y redescubrió el placer.

 Anam negó su destino, no estaba dispuesta al sacrificio. Se dejó llevar por el éxtasis y un calor intenso, que emanaba de sus entrañas, la prendió en llamas. El fuego la consumió al compás de la música, hasta que desapareció tragada por la selva amazónica, convertida en cenizas doradas sobre un paño azul.

FIN

Natalia Victoria Galindo

nvg foto 2En 2011 su cuento “Pintar a ciegas” obtuvo el segundo premio del Certamen de Narrativa Corta de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Mayagüez.  Ha colaborado con la revista Letras Salvajes y en octubre de 2013 completó una maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón.

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2 comentarios

  1. estercita31 dice:

    Una sola palabra: EXCELENTE. GRACIAS

  2. estercita31 dice:

    Estercita31 es isabel duarte, desde argentina.

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