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“Las estadísticas”: cuento de Yolanda Arroyo Pizarro

1.

Mi teoría es esta: el gobierno nos está envenenando para que seamos autómatas, seres sin juicio propio y sin opinión. Se les hará más fácil manipularnos.

Mientras llego a esta conclusión, leo una revista médica de psicología que seguramente confirmará mi sospecha. Entonces, el hombre anciano que habita mi casa desde hace semana y media, Saturnino, interrumpe de pronto para preguntar por enésima vez que dónde guardo la leche.

—Ya has tomado demasiada leche hoy, abuelo.

No es mi abuelo, pero me gusta fingir que lo es. Se lo digo con seriedad.  Acto seguido no puedo evitar la condescendencia y sonrío. Me quedo mirando fijo sus canas, un remolino de cabellos que más bien parece un manojo de algodones. La textura invita al toque. Casi siempre que miro su cabellera termino acercándome para acariciarla, jugar con los rebeldes ramilletes blancuzcos. Me levanto de la mesa, revista en mano, y aún leyendo la historia del  boticario del hospital Bethlem de Londres en 1879, abro la puerta de la nevera, saco el envase de leche fresca y le sirvo al viejo en un vaso de plástico tupperware. Saturnino muestra sus dientes, vencedor. Se toma la leche dejando escapar varias flatulencias y camina hasta el balcón de la casa. Allí se sienta a mirar hacia fuera de la casa, risueño, ojos de mar caribeño azuloso, de desconcierto y acierto, desorientados, según ha hecho por los pasados diez días.

Regreso mi atención a la revista y a la historia del hospital londinense sobre un niño de cinco años que según informes de los médicos de la época, manifestaba un comportamiento raro, parecido al autismo de la actualidad. Se concluye que este padecimiento no es un fenómeno moderno. La revista también da cuenta que en la Rusia zarista les decían “idiotas benditos”. De la misma manera se explica que Víctor, el niño salvaje encontrado en  los bosques Aveyron de Francia en el siglo XVIII, se ajusta al perfil de un autista.

Crece mi interés por el tema y dejo a un lado el artículo para ir a la Internet.  Hago una búsqueda y es en ese momento cuando doy con las estadísticas: hace más de 50 años, la prevalencia de esta enfermedad era de uno en cada diez mil niños.

¡Uno en cada diez mil! Mi corazón late acelerado y casi hiperventilo, porque pienso que estoy a punto de descifrar la conspiración mundial más escandalosa de la que se tenga conocimiento.  Sigo leyendo y encuentro que en los años ochenta la tendencia aumentó a tres niños de cada diez mil. Luego, en los noventa, se halló que eran veinte niños de cada diez mil. Según el último estudio del  Centro de Control de Enfermedades en los Estados Unidos,  en el año 2009 la cifra fue de 107 niños, es decir, uno de cada noventa y tres niños sufre alguna enfermedad dentro del espectro autista.

2.

El anciano Saturnino se queda dormido en el sillón del balcón. Aun así, plácido y aparentemente inofensivo, deja salir varias flatulencias pestilentes con tal sonoridad que bien pudiera decirse que han venido acompañadas de alguna textura. Al acercármele me doy perfecta cuenta, por el mal olor, que de seguro tendré que cambiarle su pañal de adultos. Lo levanto como puedo, lo llevo a su habitación, realizo la tarea de asearlo y le pido que se quede a dormir en su propio cuarto, lo cual acepta. Parece que hoy no está en las de pelear. Y es que Saturnino es un viejo malcriado, que la edad y la condición le impiden muchas veces actuar con cierta disciplina, por lo que en ocasiones manotea, grita, insulta, se quita la ropa, se arrebata el pañal, orina y se defeca encima. Pero yo lo atiendo, con todo el amor del que soy capaz, como si fuera mi hijo. O como si yo fuera su hijo, lo cual no soy. No lo conozco; apenas lo vi varias veces caminar perdido por la urbanización, como una mascota olvidada. A veces pasaban semanas y no volvía a verlo, y pensaba que su familia lo encontraba y lo recluía, o al menos se aseguraba para que no volviera a escaparse. Pero entonces él volvía a aparecer, sin rumbo y sin recuerdo alguno de domicilio. Sonreído. Sonreído y flatulento.

3.

De acuerdo al informe general de autismo en la Isla realizado por el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico, la prevalencia de la condición en niñas, niños y jóvenes se estima en cerca de 28 000 casos. Más aún, esta estadística revela que, cada año, nacen cerca de 684 bebés con autismo, lo que se traduce en uno de cada 62.

Reflexiono. Es una incidencia alta. Me toma por sorpresa. Recuerdo, además, la sorpresa que me llevé semanas atrás cuando descubrí las escandalosas cifras sobre el padecimiento de Alzheimer.

Dejo a un lado la lectura y preparo el almuerzo. Echo a freír chuletas y meneo el arroz guisado en el caldero. Luego de terminar lo que he de comerme, preparo un puré de papas al viejo, porque desde hace unos días escupe la comida sólida que le doy con cuchara directamente a su boca. Soy buen enfermero, pienso. Muy buen cuidador, digo en voz alta y voy a una libretita de notas que tengo sobre la mesa, al lado de los papeles del autismo, y escribo eso mismo. Eso; que soy muy buen custodio. Tan bueno, analizo, que ha sido una injusticia el haberme quedado tan solo en este mundo. Así, tan solo: padres muertos, hermanos no nacidos, cero novias, amigos escaseados. Rodeado por nadie.

4.

Otra estadística: el 14% de los bebés autistas mira fijo o con el  “rabillo del ojo”  a las personas y los objetos o juguetes que manipula. ¿Esto es un asunto biológico o psicológico?

Algunos afirman que el síntoma más típico en los autistas es la falta de interrelación social y de la destreza de la empatía. Empatía. ¿Seré empático?

Me detengo y asomo la cabeza en dirección a la marquesina. En ella está el abuelo, forcejeando con las rejas que no le permiten salir a la calle. Se babea. La saliva le cae por barbilla y cuello, pero no deja de menear las hojas de metal de la verja que lo mantienen atrapado, para que no se escape.

—De la calle te saqué —le digo—. No voy a dejar que vuelvas a perderte.

Él, por toda respuesta, vuelve a orinar, desbordando un pañal saturado, al parecer. Me entretengo al observar cómo el pantalón de cuadritos se mancha con el líquido expulsado por su vejiga. Me rehúso a limpiarlo en estos momentos. ¡Estoy harto!

Regreso a mi lectura. Finalmente encuentro la contundente cifra del pasado año 2012 en una infografía del diario dominical: ¡uno de cada 50 niños!  Y la noticia explica que existe prueba de que nuestros niños nacen bien y luego de los dos años comienzan a desarrollar conductas autistas.  Sufren de un desorden del sistema inmune que algunos creen es nutricional.  Algo sucede que hace que comiencen a enfermarse. ¿Nadie pregunta qué es lo que pasa? Los niños que alguna vez fueron completamente sanos, cariñosos, interactivos y conectados a su medio ambiente, ahora son autómatas, casi robots. Es alarmante. Tal incremento confirma mi teoría: el gobierno ha estado envenenando a nuestros niños para que sean seres automatizados, sin juicio propio, sin opinión. Así se les hace más fácil manipularlos de adultos.

Recuerdo el día que secuestré a mi precioso anciano Saturnino. Yo acababa de leer en el periódico la estadística de que uno de cada tres adultos mayores padecía algún tipo de demencia senil, según divulgaba el informe de la Asociación Estadounidense de Alzheimer. Los viejitos con Alzheimer pasan toda su vida adulta siendo personas normales y saludables. Algo tóxico sucede en su sistema que hace que comiencen a enfermarse. ¿Nadie pregunta qué es lo que pasa? El gobierno nos va envenenando para que nos convirtamos en seres automatizados, sin juicio propio y sin opinión en la tercera edad. Y es obvio que también en la primera…

Los niños y los ancianos. Dos poblaciones estratégicamente seleccionadas.

Decido quedarme entonces con otro espécimen para estudiar su conducta y comprobar teorías. Observo de soslayo al viejito molestoso que hasta el día de hoy nadie ha reclamado. Me concentro entonces en el liceo infantil de Educación Especial, que no queda muy lejos de nuestra casa. Mañana me daré la vuelta.

FIN

yolanda_arroyo_150Yolanda Arroyo Pizarro obtvo el Premio Nacional PEN Club 2013 por el libro de cuentos Las negras. Sus obras se han publicado en Europa y América Latina. Ha sido invitada como conferenciante magistral a varias universidades de Estados Unidos y América Latina, y ofrece talleres de creación literaria en San Juan, Puerto Rico.

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2 comentarios

  1. Jaime Muñoz dice:

    Excelente

  2. Jesús Santiago dice:

    Extraordinario cuento. felicitaciones a la autora.

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