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“Adiós, Susana”: cuento de Anthony González

Tomó su tiempo para abrazarla. Le dio un beso y agarró la mochila para colgarla de su hombro izquierdo. Llevó de la mano a su hija, Susana, y la guió por la acera. Cruzaron dos cuadras, más allá del colegio de niñas, hasta que llegaron a las oficinas donde trabajaba el papá. Igual que todas las tardes, entraron juntos al edificio.

El padre de Susana se quedaba un rato más después de la hora de salida para compensar los quince o veinte minutos que pedía a diario para ir a buscar a su hija al colegio. Ella, mientras tanto, aguardaba junto a él en una esquina del cubículo. Algunas veces hacía su tarea mientras esperaba; otras, no tenía asignaciones y observaba a su padre trabajar. Tarde o temprano se aburría, cosa que la llevó a odiar todo tipo de carrera relacionada con el trabajo de oficina. Contemplar la rutina de su padre durante tres, a veces hasta cuatro horas después de un largo día en el colegio, la desanimaba.

Esa tarde, Susana ya estaba soñolienta luego de una extenuante lectura sobre la revolución industrial. Era su única tarea del día, pero había sido larga y aburrida. La voz de otro hombre la sorprendió. Era el supervisor de su padre.

—¿Esta es tu niña? —preguntó alegremente.

—Susanita, saluda al señor Espluga —ordenó su padre. La niña dejó el libro y le extendió la mano desde el suelo. El hombre se agachó y la saludó con una sonrisa.

—¡Está grande! —exclamó el supervisor con un gesto de asombro exagerado—. ¡Ya es toda una señorita!

El padre de Susana sonrió, pero no dijo nada. La niña se sonrojó un poco, bajó la vista y regresó a su lectura para no tener que mirarle a la cara.

—Susana ya puede caminar sola hasta su casa, ¿no? —indagó el supervisor al enderezarse nuevamente junto al escritorio—. Como sabrá, tengo una hija de la misma edad y desde el semestre anterior va sola al colegio. De la misma manera, llega a la casa por la tarde, luego de salir de sus clases.

—Susana nunca anda sola —contestó el padre al colocar las manos sobre las rodillas—. Yo la busco y la traigo conmigo, para que no corra peligros innecesarios.

—Usted es uno de nuestros empleados más comprometidos. Nuestra compañía aprecia muchísimo el trabajo que hace —comentó el supervisor sin amilanar la sonrisa—. Ahora que Susana ya tiene la madurez para caminar a solas hasta su hogar, usted podrá realizar sus labores sin interrupción.

El padre echó un vistazo a su hija sentada en el suelo. Ahora era él quien miraba la sombra de Susana en una esquina del cubículo. Aunque estaba ahí, quieta, estudiando, de repente parecía que se le iba muy lejos, como una silueta borrosa de alguna otra persona que nunca había conocido.

—Por supuesto, señor Espluga —contestó el padre sin levantar la vista.

El supervisor asintió y los dejó en el cubículo. Ninguno de los dos habló. Susana continuó su lectura y su padre reanudó la faena. Al cabo de otra hora había terminado el trabajo. Agarró la chaqueta y el sombrero, y le extendió la mano a su hija para ayudarla a levantarse del suelo. Todavía con las piernas entumecidas, Susana se incorporó torpemente y recogió la mochila mientras su padre recogió el papeleo del escritorio y lo guardó en un cartapacio negro que puso en un estante a la salida.

Caminaron las cuatro cuadras a lo largo de la misma acera que los llevaba de regreso hacia su hogar. Pasaron a lo largo de la verja enmohecida del colegio de Susana. Las trinitarias del patio se desbordaban por encima y formaban una especie de túnel florido lleno de espinas. Nunca lo habían podado, a pesar de que todo el mundo tenía que atravesarlo a diario. Susana pasó los dedos sobre los nudos de alambre de la verja y miró la escuela con cierto desdén. Ya no había nadie adentro. Parecía un lugar desconocido.

Finalmente cruzaron la primera calle de la urbanización y llegaron al multipisos. Allí subieron las escaleras y regresaron al modesto apartamento en donde vivían. Al igual que todas las tardes, Susana ayudaría a su padre a cocinar macarrones con queso o a pelar cebollas para guisarlas con sardinas. No era su comida favorita; de hecho, Susana prefería el menú de almuerzo del colegio, en donde servían mitades de frutas, pan dulce y leche fresca. Sin embargo, desde que salieron de la oficina ella sentía unas ganas inexplicables de cocinar junto a su padre.

No había espacio para una mesa de comedor, así que cenaban en el sofá de la sala o en el cuarto de él, siempre en silencio. Lo poco que tendrían que hablar, ya lo habrían hecho en la oficina.

Esa tarde, luego de comer, su padre escuchó la radio y fumó cerca de la ventana durante un largo rato. Susana, por otro lado, fregó todos los trastes sucios y se dio una ducha. Dejó que el chorro frío la bañara hasta que el temblor desapareciera por sí solo. Ese único exceso la reconfortaba. El consumo del agua, después de todo, tenía una cuota mensual fija. Luego de terminar, se vistió y se recostó en el sofá a escuchar el rumor de la radio de su padre. El aroma a mentol del cigarrillo le provocó sueño. Ya se había acostumbrado al humo.

Por la mañana, cuando despertó, Susana estaba de vuelta en su cama. Se vistió con algo de apuro pues sintió el olor del café, lo que significaba que su padre ya estaba listo para salir al trabajo. Sintió algo de incertidumbre mientras se peinaba mirando a través del pequeño espejo de mano. Palpó su rostro con una mano, observó las pecas y delineó las pequeñas grietas en sus labios con la punta del dedo. Entonces miró el resto de su cuerpo. Vio curvas y protuberancias donde no las recordaba. Sintió algo de pudor al notar que el uniforme escolar ya no lucía tierno en ella. Supo que, en efecto, había crecido.

Agarró la mochila, salió del cuarto con prisa y saludó a su padre con un beso. Tomó la taza de café que le ofreció y sorbió mientras él la observaba, entretenido. Entonces le entregó dos emparedados de mantequilla de maní: uno en la mano y otro en una bolsita de papel blanco. Salieron del apartamento algo apurados, como lo hacían todas las mañanas.

Cruzaron la calle de la urbanización junto a una multitud de madres y niñas que también iban hacia el colegio. Susana observó a las niñas que caminaban sin la compañía de un adulto. Algunas iban solas, otras en grupo, pero todas eran más grandes que ella.

Pasaron frente a la verja enmohecida. Esta vez Susana no tocó los nudos de los alambres. Escucharon el bullicio de adentro y el ruido de afuera. Eran sonidos diferentes: uno consistía de risas y quejidos infantiles, de monjas y maestras intercambiando comentarios con los padres de las niñas; el otro era más bien una amalgama de motores en marcha, timbres de cafeterías, y las pisadas, siempre apuradas, de gente desconocida.

El padre de Susana le apretó la mano y la llevó a través del túnel de trinitarias que recubría la acera al frente de la escuela. A medida que la gente pasaba caminando, las hojas y las flores vibraban como llamas efímeras bajo la luz del sol. Por otro lado, los rostros de las personas quedaban ocultos bajo la sombra del trecho florido, como si fueran entidades anónimas e insignificantes.

Salieron al otro extremo y cruzaron la próxima calle. Caminaron otra cuadra más. El mero hecho de haber pasado de largo el colegio había provocado la curiosidad en Susana. Observaba con detenimiento a su padre. Probablemente sonreía.

El bullicio perdió uno de sus colores: las voces. Ahora no se trataba de niñas risueñas y maestras concernidas, sino de obreros que caminaban en silencio hacia una misma dirección. Padre e hija estaban parados frente al edificio donde aguardaban los cubículos, los escritorios y las horas interminables. Susana lo miraba a la expectativa. ¿Acaso pensaba desafiar al supervisor? ¿Acaso iba a demostrarle que su hija era lo más importante en su vida y que jamás la dejaría? De repente, el pecho tierno de Susana se le inflamaba al imaginarse la osadía de su padre.

El agarre del hombre se aflojó. Miró a su hija, acongojado. Se agachó hasta tener de frente los ojos grandes y redondos. Puso una mano sobre el rostro brillante, observó las pecas numerosas y sintió las hendiduras de los pequeños labios opacos. “Ya es una niña grande” pensó, y le acomodó la cabellera con otro pasar de mano. Prefirió no abrazarla. Así todo sería más fácil.

—Adiós, Susana —le dijo. Apenas la besó y entró, confundiéndose entre las siluetas grises de los demás empleados de las oficinas.

Susana regresó al colegio caminando las dos cuadras con la mirada baja. Fue la única vez que llevó a su padre de la mano hasta el trabajo.

FIN

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Anthony Gonzaělez Miranda FOTOAnthony González Miranda; Ponce, Puerto Rico (1988). Es químico licenciado y estudiante de la maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón en Puerto Rico. Es autor del libro de cuentos ‘Queridos hermanos…’.

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2 comentarios

  1. Mayra Bermudez dice:

    Bravo, Anthony!! Gracias por compartir ese cuento real y tierno. Saludos,

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