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“Arrullo”: cuento de Rita Isabel Collazo Vázquez

Ya con el boleto en la mano sonrió automáticamente y su corazón aleteó. En su rostro y sus gestos se posó la duda; elucubraba sobre lo que significaba, realmente, viajar a la Isla Chiquita. También estaba indeciso respecto a dónde guardar lo que era, para él, una promesa de asiento, viaje y compañía. Con un movimiento que revelaba inquietud, falta de costumbre y aprensión, colocó el boleto en su cartera de cuero. Casi del mismo modo, la costosa cartera terminó en el bolsillo izquierdo de la parte de atrás de su pantalón playero y no en la mochila de diseño a la medida que llevaba en la espalda.

Caminó con resolución, pero como era característico en él, con pisadas que daban la impresión de precario equilibrio. Parecía que con cada paso hacía movimientos de más o de menos. Se detuvo súbitamente. Sacudió la cabeza como si dijera no, muchas veces. Giró para cambiar de dirección y reanudó su andar, esta vez directo al área de espera de la terminal de las lanchas. Tenía las manos húmedas y las tripas le anunciaban que sentía hambre. En respuesta a lo primero, sus manos sudadas, y  no a lo segundo, sus tripas sonoras, se dispuso a informarse de cuál sería el próximo paso. Sabía que debía esperar, pero no conocía el protocolo de esa espera; por eso le sudaban las manos. Resignado a ser tratado como mierda una vez más, se dirigió al personal de seguridad. Se sorprendió al recibir una respuesta precisa, sin agresividad y carente de antipatía.

De inmediato se aseguró de encontrar un asiento apartado, pero que le permitiera evitar cualquier confusión que lo llevara a abordar la lancha de Vieques en vez de la que lo llevaría a Culebra. Mientras se encaminaba al que ya sentía su asiento, se topó con un niño de andar bailarín que se entretenía escudriñando cada rincón de la terminal. Tropezaron, se miraron y cada uno prosiguió su camino; uno a su asiento para esperar el momento de abordar, el otro a su deambular curioso que lo llevaría más adelante a perseguir palomas.

Sentarse fue lo de siempre, un acto contorsionista que inició al quitarse la pesada mochila intentando no enredarla con los brazos, para luego acomodarse en una silla muy corta y baja para sus extremidades. Colocó la mochila a su lado y, como funámbulo en el clímax de su acto, se sentó. Tan pronto se acomodó en la silla, se levantó un poquito, sacó la cartera y verificó que el boleto estuviera en el lugar que lo había colocado. Una vez lo comprobó, puso la cartera en un bolsillo de su bulto, con satisfacción, como si fuera un acto de liberación, ya que desde el principio su impulso fue guardarla en la mochila como acostumbraba a hacer. Sin embargo, se había hecho el propósito de romper con sus pequeñas rutinas en este viaje. No obstante, no podía sentarse y sentir la cartera en su bolsillo: eso era demasiado.

Por un rato miró con insistencia discreta a las personas que esperaban. Comparaba los rostros y las maneras de los que estaban en el área de espera asignada a residentes de Culebra con los que esperaban en el área para turistas. En esas se encontraba cuando recordó que debía estar pendiente a la llamada por el altavoz que indicaría que ya era hora de subir a la lancha. Agudizó el oído y comenzó a percibir el arrullo de las palomas y su vaivén por la terminal. El arrullo le hizo recordar el sonido de sus tripas, que en este caso, y desde hacía rato, anunciaba hambre.

Sacó trabajosamente de su mochila media libra de pan sobao. El aspecto no era apetitoso, pero no le molestó. Así como no fue de importancia para las palomas con las que comenzó a compartir migas de pan. Lanzar las primeras migajas fue un acto de invitación que las aves no recibieron con timidez. Se abalanzaron ávidas por picotear los pedacitos. Juan sonrío, pero esta vez como un niño en El Parque de las Palomas en el Viejo San Juan, nada de automáticamente, ni con vestigios de ser una mueca involuntaria o un reflejo. El viaje ya fructificaba.

Las palomas picoteaban, engullían, se multiplicaban a su alrededor y su risa muda se convertía en una cosquilla que resbalaba por su piel. Aquel toma y dame con aquellas aves mensajeras hasta lo hizo olvidar dónde estaba. La emoción de la compañía, de la atención que todas le brindaban y de cómo arrullaban, sustituyó la entusiasta y tensa expectativa por visitar las playas de Culebra en busca de calidez y de romper el monótono y anónimo aislamiento que empañaba sus días.

Algunas migajas cayeron en sus chancletas mete dedos de precio prohibitivo. Prestas al nuevo espacio de convite, las palomas se arrimaron a sus pies. Sintió cómo le picoteaban las uñas. Era el primer contacto físico e intencional, mas no desinteresado, que experimentaba de otro ser en mucho tiempo. Sintió que aquellas aves lo querían. Por eso no era extraño que esparciera migajas en su regazo como una invitación a que se acercaran más. Con brinquitos juguetones se aproximaron poquito a poco. En un vaivén dispar que parecía sincronizado, se arremolinaban para alzarse en un vuelo corto y llegar a las migas en su regazo. Juan se recreaba.

Arropó la mirada con los párpados y con ese simple gesto se entregó al sentimiento de plena confianza que aquella cercanía le provocaba. Cerrar los ojos fue como acurrucarse para alejarse por completo de la constante melancolía que lo agobiaba, de la pesada rutina de lo que él llamaba sus rarezas y ahuyentar de sí toda sensación de abandono. Aceptó aquel revoloteo como una cobija, se entregó plenamente al arrullo. Por eso, y porque cada picoteo era como una intensa cosquilla, no se percató de lo que pasaba. La espera había terminado. Estaba a punto de partir.

Las palomas lo cubrieron por completo. No había manera de ver qué se ocultaba debajo de aquel junte de plumas y piel. Justo en ese momento, en el preciso instante en que las aves no dejaban ver qué había al lado de la mochila en aquel apartado rincón, todos los que esperaban en la terminal se percataron de que algo ocurría en aquella esquina. El niño que andaba de un lado para otro persiguiendo a las palomas se acercó curioso. Su andar en brinquitos y como aleteando las ahuyentó. Todas se dispersaron con el buche más que lleno. En el asiento no había nadie, solo estaba salpicado de pizquitas de Juan.

FIN

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Rita Isabel Collazo Vázquez impulsa y coordina vivencias comunitarias de aprendizaje con consciencia en acción. Autora de Como semblanzas o seis relatos pasajeros. Responsable del junte de gestión cultural y creativa: Libros pasajeros. librospasajeros.wordpress.com

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2 comentarios

  1. Juan Antonio Alcázar dice:

    Magnífico. Deja muchos deseos de continuar leyendo.

  2. Mayra Bermúdez dice:

    Excelente como nuestra autora mueve la trama en una historia tierna y conmovedora, en la que alguna vez nos hemos identificado con la cotidianidad de la escena. Es interesante cómo al final Rita Isabel nos lleva a esa “imagen inesperada que altera la realidad, una revelación privilegiada, una iluminación inhabitual, una fe creadora de cuanto necesitamos para vivir en libertad; una búsqueda, un sueño y ejecución”; a lo REAL MARAVILLOSO de Alejo Carpentier.

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