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Cuento: “La voz del Señor de los Ejércitos”, de Hiram Sánchez Martínez

Un día Gibrán le anunció a su mujer que Dios le hablaba en sueños, que le hablaba con la misma claridad que da la cercanía de los amigos que comparten una copa de vino, y el mismo sentido de la realidad que es imposible confundir con sueños vulgares o pesadillas de encuentros insensatos. Pero cuando la mujer le cuestionó esos enunciados, la miró de arriba abajo y le respondió:

—¿Por qué has de creer que Jehová le habló a Adán, a Abrahán, a Moisés, a José el Carpintero, a Saulo de Tarso, y no a mí? ¿No ves que Jehová, por ser Dios, habla con quien le dé la gana, cuando le dé la gana y valiéndose del medio que le dé la gana? Para mí, que te hace falta leer más la Biblia. Un poco más de conocimiento y de fe no te vendrían nada mal.

Carla nada respondió a esta presuntuosidad. Sin embargo, a Gibrán el comentario de su mujer le había hecho recordar su vida anterior de desafueros, desde que regresó de Vietnam atiborrado de ansiolíticos y somníferos, aunque, eso sí, recuperado de una enfermedad venérea que adquirió a cambio de un cartón de cigarrillos en aquella otra parte del trópico. Su «conversión» no fue el producto de la caída de un caballo, sino de la recaída en otra adicción que también trajo de aquel país en que estuvo contra su voluntad. Solo que esta vez, en una redada sin avisar, la policía lo había sorprendido con los bolsillos llenos de aquellos decks proscritos y, para evitar la cárcel, le prometió al juez que iría al Hogar Señor de los Ejércitos. Fue ahí que conoció a Carla —hermana de uno de los pastores a cargo del programa— con quien se casó antes de ser dado de alta. A diferencia de Gibrán, a Carla no le seducía el nuevo empeño de enjuiciar el más nimio comportamiento humano con versículos de condena, y aunque en nada le agradaban los afanes de su marido, lo acompañó en sus estudios bíblicos desde el Pentateuco hasta el Libro de las Revelaciones, su preferido.

A los estudios bíblicos le siguieron la predicación y las visitas casa por casa para propalar sus interpretaciones de la Palabra divina. Con los feligreses que se llevó de la iglesia a la que asistía, estableció su propia iglesia: La voz de Jehová resuena poderosa. Justificó su acción y el nombre del nuevo templo con el fundamento de las apariciones de Jehová en sueños en los que Este aprovechaba para revelarle sus designios. Carla, en cambio, no se lo creía. La fe de ella era de un talante más realista, no porque a ella sus soliloquios nocturnos no le perjudicaran, sino porque, después de todo, le correspondía a cada cual hacer sus juicios y tener sus propias creencias.

En verdad, su única preocupación era la salud mental del hijo de ambos, Isabelo, quien salía ya de la puericia para adentrarse en el complejo intervalo de la adolescencia. Isabelo era despabilado e inteligente y, aunque gustaba de las actividades propias de esa edad, no contrariaba a su padre en materia de instrucción religiosa.

Solo transcurrieron tres meses desde que Gibrán había establecido su propia iglesia cuando una mañana, a la hora del desayuno, le anunció a Carla que había tenido una revelación en sueños que no le contaría.

—No te puedo decir. Además, no está relacionada contigo, así que no es necesario que sepas nada. Solo nos incumbe a Isabelo y a mí.

Era la primera vez que su marido rehusaba contarle una revelación. La última, dos años antes, no solo se la contó a ella sino que la divulgó por televisión: que los ángeles de Jehová formarían un cerco hermético para soplar y desviar al norte un huracán enfilado hacia la isla. Esa vez hasta ella misma percibió que se trataba de una revelación legítima, pues justo antes de llegar a Culebra, el huracán giró casi noventa grados hacia el norte y se perdió en el Atlántico. Pero ahora la respuesta que le daba su marido le parecía, más que enigmática, desquiciada. ¿Cómo que no podía confiarle una revelación que al cabo concernía a su hijo? Que no le confiara una revelación que solo le incumbiera a él era una cosa, pero que pretendiera ocultarle el modo en que su hijo estaba involucrado en esta otra le pareció que era motivo de alarma. Máxime cuando ni siquiera habían transcurrido diez días desde que Gibrán le dijo que esperaba nuevas instrucciones de Jehová para un evento que le requeriría probar su fe.

A Isabelo, Gibrán le dijo que hoy no tendría que ir a la escuela, que lo necesitaba para una tarea que solo él podía hacer. Lo mandó a que buscara la barbacoa, una bolsa de carbón, el líquido inflamable y los fósforos, para irse de pasadía. El padre tomó el cuchillo que utilizó en las selvas de Vietnam, y otros aditamentos de supervivencia que a cualquiera le habrían sugerido que el hombre se preparaba para pelear alguna otra guerra, y los metió en el baúl del Lexus.

Llegaron al Yunque a media mañana. Mientras escalaban el monte, Isabelo reparó en que no llevaban ni costillas ni pollos ni chuletas para asar en la barbacoa. Gibrán intentó acariciarle el cabello trincado con gel y le dijo:

—No te preocupes, hijo mío, todo está previsto por Jehová.

Cerca del mediodía llegaron a la cima del monte y entre ambos prepararon la barbacoa. Cuando el carbón hubo alcanzado la temperatura idónea, en un movimiento súbito atribuible a su evidente destreza militar, Gibrán inmovilizó a su hijo, que daba gritos de terror y de sorpresa, y lo ató de pies y de manos. No hacía caso ni al llanto ni a las súplicas de su hijo. Colocó al niño sobre el tatami que llevaba y extrajo el cuchillo de supervivencia. Miró en derredor, pero no vio ni cabras ni carneros enredados en los matorrales.

Así, ante la mirada atónita del pequeño que se retorcía en movimientos defensivos de estupor, Gibrán levantó la diestra vigorosa y el puño crispado con el que sostenía el puñal. Entonces, repentinamente, llegó del cielo el ángel azul, en medio de los ruidos ensordecedores del motor y del viento huracanado que producían sus aspas giratorias. A estos ruidos les siguió un sonido corto y seco del disparo del alertado francotirador de la Policía, situado bajo las alas del ángel, que dejó tendido a Gibrán junto a la barbacoa.

FIN

trape_peq_150Foto Hiram Sanchez MartinezHiram Sánchez Martínez es abogado, juez jubilado del Tribunal de Apelaciones y egresado de los talleres de cuento de René Marqués, Emilio Díaz Valcárcel y Emilio del Carril. Además, es columnista invitado de El Nuevo Día y autor de Cuesta de los Judíos número 8 (Premio Nacional PEN Club: Memorias, 2008); El marido de su amante y otros cuentos (2009); Cuentos Inveraces para ser creídos (2010); Casi siempre fue abril (segundo premio del 2015 International Latino Book Awards en la categoría Mejor Novela: aventura o drama, español o bilingüe); y de la novela juvenil La ciberimpostora (2015).

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2 comentarios

  1. Ilia Loubriel dice:

    Excelente cuento y muy bueno que podamos disfrutar de su lectura por este medio. Definitivamente la tecnologia nos ayuda a compartir mucha de la
    literatura que ya no podemos adquirir en los anaqueles de buenas librerias.
    Enhorabuena!!!

  2. Laura Laura dice:

    Es un cuento muy completo. Captura y sorprende desde el principio hasta el final.

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